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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Que duerman bien, muchachos —dijo ella entregándoles las llaves de sus habitaciones—. Seguramente habré salido ya cuando se levanten... y no volveré.

— ¿Cuánto se va a llevar? —inquirió Rebus.

—Unas treinta y ocho mil libras.

—Buen botín.

—Todo beneficios.

— ¿Cuánto tardará Tío Joe en enterarse de lo de Stanley?

—Bueno, Malcolm no arderá en deseos de decírselo, y Joe está acostumbrado a que desaparezca un día o dos por ahí de juerga... Con un poco de suerte no estaré en el país cuando estalle la bomba.

—Me parece que usted es el tipo de mujer con suerte.

La antigua habitación de Stanley era amplia y contaba con lo que Rebus suponía era la habitual parafernalia de los ejecutivos: minibar, planchaprensa para pantalones, un platillo con chocolatinas sobre la almohada y un flamante albornoz encima de la cama abierta. Con una nota que rogaba no llevárselo y añadía que si se deseaba uno se podía adquirir en el gimnasio. «Gracias por ser un cliente considerado.»

El cliente considerado se hizo una taza de café Hag. Había una lista de precios sobre el minibar detallando las delicias que encerraba. La guardó en un cajón. Dentro del armario había una caja fuerte; cogió la llave del minibar y la metió allí. Otro obstáculo que vencer y al mismo tiempo la posibilidad de cambiar de idea si se le ocurría beber.

De momento, el café estaba bueno. Se dio una ducha, se puso el albornoz, se sentó en la cama y miró hacia la puerta que daba a la habitación contigua. Claro, tenía que haber una puerta de comunicación; no iba a estar Stanley entrando y saliendo por el pasillo. Un simple pestillo, igual que al otro lado, seguramente. Se preguntaba qué pasaría si lo abría. ¿Tendría Eve también abierto? Si llamaba, ¿le abriría? ¿Y si llamaba ella? Apartó la vista de la puerta y miró al minibar. Tenía hambre... Dentro habría nueces y patatas fritas. Podría... No, no, no. Volvió a centrar la atención en la puerta y prestó oído, pero no se oía nada. A lo mejor Eve se había dormido... porque tenía que madrugar. Bueno, pues ahora no se sentía cansado. Y ya que estaba allí, no deseaba más que empezar a trabajar. Descorrió las cortinas. Llovía en esos momentos y el asfalto relucía como el dorso de un escarabajo gigante. Arrimó un sillón a la ventana. El viento arrastraba el agua y a la luz de las farolas trazaba formas raras. De tanto mirar fijamente, la lluvia comenzó a parecerle humo que caía de las nubes negras. Abajo, el aparcamiento estaba lleno a medias y los coches eran como ganado de pastores a cubierto y calentitos.