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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Había estado dándole vueltas a la cabeza sobre la relación entre las víctimas, y la primera y la cuarta le habían dado la clave: petróleo. En el petróleo estaba la clave. La primera víctima había estudiado geología en la Universidad Robert Gordon, y en el noreste estudiar geología estaba estrechamente relacionado con la prospección petrolífera. La empresa en que trabajaba la cuarta víctima contaba entre su clientela con empresas petrolíferas y auxiliares. Tenía que buscar a alguien relacionado con la industria del petróleo, alguien muy parecido a él. El descubrimiento le había conmocionado. Si por una parte resultaba aún más imperativo dar con el Advenedizo, por otra era mucho más arriesgado. No por el peligro físico; hacía tiempo que eso no le importaba. Era por el peligro de perder la identidad de Ryan Slocum que tanto le había costado. Casi se sentía como Ryan Slocum. Pero Ryan Slocum era un muerto, el nombre que había visto en una esquela de periódico. Él sólo había sacado un duplicado del certificado de nacimiento alegando que había perdido el original en el incendio de su vivienda. En tiempos anteriores a la era de la informática no le fue difícil.

Así su pasado dejaba de existir... al menos por un tiempo. Pero el baúl de la buhardilla desmentía lo del cambio de identidad: no se puede cambiar el modo de ser. Aquel baúl lleno de recuerdos, norteamericanos en su mayoría... Ya había hecho gestiones para trasladarlo en breve cuando su esposa estuviese fuera. Una empresa de mudanzas lo llevaría a un almacén. Era una precaución lógica pero no dejaba de pesarle. Era como admitir que el Advenedizo había ganado.

Independientemente del resultado final.

Veinte empresas que comprobar. Ya había descartado cuatro posibles sospechosos por su avanzada edad. Otras siete empresas no guardaban relación alguna con la industria del petróleo; las dejaría al final de la lista. Quedaban nueve nombres. Iba a llevarle tiempo. Cuando llamaba a las oficinas de las empresas se hacía pasar por otra persona, pero esa treta no podía durar mucho. También había recurrido al listín telefónico para localizar la dirección correspondiente a los nombres, ir a sus casas y ver qué aspecto tenían. ¿Conocería al Advenedizo nada más verle? Sí, creía que sí; al menos, reconocería el tipo de individuo. Pero también Joe Beattie había dicho lo mismo de John Biblia... que le reconocería en una sala llena de gente. Como si el corazón de un hombre se reflejase en las arrugas o rasgos del rostro como una especie de frenología del pecado.