Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Había transcripciones de interrogatorios con las pastas descoloridas y gastadas; informes manuscritos, informes mecanografiados; resúmenes de pruebas; planos, casi todos hechos a mano; horarios de servicio; y resmas y resmas de declaraciones de testigos..., descripciones de hombres vistos en el salón de baile Barrowland. Y luego estaban las fotos, en blanco y negro mate de veinticuatro por veinte y más pequeñas. El Barrowland por dentro y por fuera. Parecía más moderno que lo que sugería la palabra «baile», y le recordaba un poco su antiguo colegio: un edificio bajo, prefabricado, con alguna ventana. Tres focos en una marquesina de cemento dirigidos a las ventanas y al cielo. Y en la marquesina —útil para guarecerse de la lluvia mientras se esperaba para entrar o al salir— el nombre del local: Salón de Baile Barrowland. Casi todas las fotos exteriores las habían tomado una tarde lluviosa; se veían mujeres con impermeable y hombres con gorra y gabardina. Más fotos: hombres rana de la policía buceando en el río; los escenarios de los crímenes con los agentes del DIC enfundados en sus tradicionales sombreros y gabardinas..., un callejón, el patio trasero de una casa y otro patio trasero. Lugares típicos para besarse y meterse mano, quizás algo más. Excesivo para las víctimas. Había una foto del subjefe Joe Beattie con un retrato artístico de John Biblia. Su expresión y la del retrato parecían la misma. Algunas personas lo habían comentado. Mackeith Street y Earl Street: las víctimas segunda y tercera habían sido asesinadas en la calle donde vivían. ¿Las había llevado él tan cerca de sus casas? ¿Por qué? ¿Para que se confiaran? ¿O es que había estado dudando y demorando el ataque? ¿Le ponía nervioso pedirles que se dejasen abrazar o estaría asustado y acuciado por su impulso asesino? Los archivos estaban llenos de especulaciones inútiles por el estilo y de teorías de psicólogos y psiquiatras. Al final habían resultado de tan poco provecho como el vidente Croiset.
Rebus recordó que había conocido a Aldous Zane en aquel mismo cuarto. Zane volvía a salir en los periódicos; había examinado el lugar del último crimen, largando el mismo discurso inconexo antes de marcharse a su país. Se preguntaba qué se traería ahora Jim Stevens entre manos. Recordaba el modo de estrechar la mano de Zane y aquella sensación eléctrica. Las impresiones de Zane sobre John Biblia; aunque Stevens estaba delante, el periódico no las había publicado. Un baúl en el ático de una casa moderna. Bueno, él habría podido inventarse algo mejor si un periódico le hubiese pagado un buen hotel.