Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Mentiroso. El fue a casa de usted, ¿no es cierto? ¿Qué demonios le contó? ¿Le dijo que no hacía falta permiso judicial? Usted sabía que no era cierto.
—Era un buen policía.
—Cada vez que repite eso es menos creíble. ¿Qué sucede, ya no está convencido?
—Lo era.
—Pero tenía un problema, un demonio personal llamado Lenny Spaven. Usted era su amigo, Rebus, y debió pararle los pies.
— ¿Yo, pararle los pies?
Ancram asintió con la cabeza; sus ojos brillaban como lunas.
—Debió ayudarle.
—Lo intenté —dijo Rebus con un hilo de voz.
Otra mentira. Lawson era por entonces como un drogadicto y sólo le calmaba una cosa: la droga.
Ancram se recostó en el asiento tratando de ocultar su satisfacción. Pensaba que Rebus se desmoronaba. Había dejado ver sus dudas internas... No era la primera vez. Ahora las sazonaría con simpatía.
—Le diré una cosa —añadió—: no se lo reprocho. Puedo entender su estado anímico. Pero fue una tapadera. Una mentira sobre la que giraba todo: la llamada confidencial. —Levantó las notas dos centímetros—. Está escrito aquí y hace que todo encaje. Porque, si Geddes había estado siguiendo a Spaven, ¿qué iba a impedirle colocar sobre la marcha una prueba falsa?
—Él no era así.
— ¿Ni siquiera cuando llegó al límite? ¿Le había visto usted antes en esas circunstancias? —Rebus no sabía qué decir. Ancram se inclinó otra vez sobre la mesa apoyando las manos encima. Volvió a recostarse en el asiento—. ¿Qué quería preguntarme?
De niño Rebus vivía en una casa pareada con un pasadizo de separación de la casa vecina que conducía a los dos jardines de la parte trasera. Allí jugaba al fútbol con su padre y a veces trepaba hasta lo alto del muro. Otras se situaban en el centro y lanzaba con todas sus fuerzas una pelota de goma maciza contra las losas de piedra para que botara como loca en el suelo y de una pared a otra...
Eso era lo que sentía en aquel momento.
— ¿Cómo?
—Me ha dicho que tenía un par de preguntas.
Rebus regresó despacio al presente. Se restregó los ojos.
—Sí —contestó—. La primera es sobre Eve y Stanley.
— ¿Qué pasa con ellos?
— ¿Son amigos?
— ¿Quiere decir que si se llevan bien? Pues sí.
— ¿Sólo bien?
—No hay peleas que yo sepa.
—Yo me refería más a cuestiones de celos.
Ancram cayó en la cuenta.
— ¿Entre Tío Joe y Stanley?
Rebus asintió con la cabeza.
— ¿Es capaz ella de enfrentarlos?
Él la había conocido y creía saber la respuesta. Ancram se encogió de hombros. La conversación tomaba un derrotero inesperado.
—Es que —siguió Rebus— en Aberdeen compartían habitación en el hotel.
Ancram entornó los ojos.
— ¿Está seguro? —Rebus asintió—. Tienen que estar locos. Tío Joe los matará.