Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
— ¿Así que has estado ocupado? —dijo Gill cuando él volvió a sentarse.
—Muy ocupado. He estado en Aberdeen.
— ¿Para qué?
—Por ese número de teléfono del bloc de Feardie Fergie. Y por un par de cosas más.
— ¿Qué cosas?
—Bueno, no guardan relación.
— ¿Y ha sido un viaje sin incidentes? —inquirió ella cogiendo un trozo del pan de ajo que acababan de traer.
—No exactamente.
—Ah, ya.
—Para dar vidilla al asunto.
Gill cogió otro trozo de pan.
— ¿Y qué has averiguado?
—En el club Burke's hay gato encerrado. Además, es donde se vio por última vez con vida a la primera víctima de Johnny Biblia. Los dueños son dos yanquis, pero sólo hablé con uno, y lo más seguro es que el otro socio sea el más podrido.
— ¿Y qué?
—Además vi en Burke's a una pareja, miembros de una familia de mafiosos de Glasgow. ¿Conoces a Tío Joe Toal?
—De oídas.
—Creo que está suministrando droga a Aberdeen. Y supongo que desde allí parte de ella va a parar a las plataformas petrolíferas, un mercado cautivo. La vida en las plataformas es un aburrimiento.
—Sí, claro, bien lo sabes tú —replicó ella en broma, pero al ver la expresión de él entornó los ojos—. ¿Has estado en una plataforma?
—La experiencia más terrorífica de mi vida, pero es catártico.
— ¿Catártico?
—Una antigua amiga utilizaba palabras así y se le pega a uno. El dueño del club, Erik Stemmons, dijo que no conocía a Fergie McLure. Y creo que es cierto.
—Lo cual incrimina al socio.
—Para mí sí.
—Para ti; ¿sólo eso? ¿No hay pruebas?
—Ni la más mínima.
Llegó la pizza. Chorizo, champiñones y anchoas. Gill apartó la vista. La pizza venía ya partida en seis porciones. Rebus cogió una.
—No sé cómo vas a poder acabártela toda.
—Ni yo —dijo Rebus oliéndola—. Pero me quedará una buena bolsa de sobras.
Había una máquina de tabaco y por encima del hombro de Gill veía cinco marcas. Una cualquiera estaría bien. Una caja de cerillas esperaba en el cenicero. Pidió un vaso de vino blanco de la casa y Gill, agua mineral. Llegó el vino «de delicado bouquet» como decía la carta y lo olfateó antes de probarlo. Frío y ácido.
— ¿Qué tal el bouquet? —dijo Gill.
—Si llega a ser más delicado tengo que tomar Prozac.
En un soporte vertical estaba la carta de bebidas con todos los aperitivos, cócteles y digestivos, más los vinos, cervezas y licores. Era todo lo que leía Rebus desde hacía un par de días y se la leyó dos veces. Habría estrechado la mano al autor.
Con aquella porción de pizza tenía de sobra.
— ¿Falta de apetito?
—Hago régimen.
— ¿Tú?