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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Compró pintura, rodillos y brochas, aguarrás, tela para cubrir el suelo, yeso, un secador, lija (gruesa y fina), barniz, y pagó con la tarjeta de crédito. Después invitó a Morton a comer en un café cercano, uno de sus predilectos de cuando estaba en St. Leonard.

Cuando acabaron fueron a casa. Morton le ayudó a subir las cosas.

— ¿Te has traído ropa vieja? —le preguntó Rebus.

—Tengo un mono en el maletero.

—Súbetelo.

Rebus se quedó de una pieza al ver la puerta abierta; dejó la pintura y entró como una tromba en el piso. Le bastó una ojeada para saber que no había nadie. Morton examinaba el marco de la puerta.

—La típica palanca. ¿Qué te falta?

—El equipo de música y la tele, no.

Morton cruzó el recibidor y fue a mirar en las habitaciones.

—Da la impresión de que está todo igual que cuando nos fuimos —comentó—. ¿Vas a denunciarlo?

— ¿Para qué? Sabemos perfectamente que es Ancram que quiere ponerme nervioso.

—Yo no lo creo.

— ¿No? Qué casualidad que entren en mi casa mientras él me interroga.

—Habría que denunciarlo, así el seguro te pagará el marco. —Morton miró a su alrededor—. Me extraña que nadie oyese nada.

—Vecinos sordos —apostilló Rebus—. La especialidad de Edimburgo. Bien, lo denunciaremos. Tú vuelves a esa tienda y compras una cerradura.

— ¿Y tú qué vas a hacer?

—Quedarme aquí quietecito, guardando el fuerte. Lo prometo.

Nada más salir Morton, Rebus fue al teléfono y pidió que le pusieran con el inspector jefe Ancram y mientras aguardaba echó un vistazo al cuarto: fuerzan la puerta y se marchan sin llevarse el equipo de música. Era descarado.

—Ancram al habla.

—Soy yo.

— ¿Alguna nueva idea, inspector?

—Han forzado la puerta de mi piso.

—Lo lamento. ¿Qué le han robado?

—Nada. Se les olvidó. Creo que debería usted comentárselo.

Ancram soltó una carcajada.

— ¿Cree que yo tengo algo que ver?

—Sí.

— ¿Por qué?

—Esperaba que usted me lo explicara. Me viene a la cabeza la palabra «acoso».

Y nada más decirlo pensó en Justicia en directo. ¿Tan desesperados estarían como para allanar una vivienda? No lo creía; Kayleigh Burgess, no. Pero Eamonn Breen era otro cantar...

—Oiga, eso es una acusación muy grave. Pongamos que no he oído nada. ¿Por qué no se tranquiliza y recapacita?

Era precisamente lo que hacía. Colgó y sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta: llena de papelotes, recibos y tarjetas de visita. Encontró la de Kayleigh Burgess y llamó a su trabajo.

—No estará en toda la tarde —contestó una secretaria—. ¿Quiere dejar algún recado?

— ¿Y Eamonn, no andará por ahí? —añadió con un tono de voz como si fuera amigo suyo.

—Voy a ver. ¿Quién le llama?

—John Rebus.

—Un momento. —Se quedó en espera—. No, lo siento. Eamonn también ha salido. ¿Quiere que le diga que ha llamado?