Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Sólo porque tú esperabas que fuese un duelo a muerte.
—No dejé de pensar en mi cursillo de primeros auxilios.
Rebus se echó a reír y relajó la tensión. Le dolía la cabeza.
—En la guantera tienes aspirinas —dijo Morton.
Rebus la abrió y vio que también había una botellita de Vittel. Se tomó tres tabletas con un trago de agua.
—Jack, ¿tú estuviste en los Boys Scouts?
—Seis meses en los lobatos pero no pasé a los Scouts. Por entonces tenía ya otras aficiones. ¿Todavía existen?
—Que yo sepa, sí.
— ¿Te acuerdas de la semana de trabajo? Había que ir por las casas limpiando cristales y arreglando jardines. Y entregábamos todo lo que recaudábamos.
—Y ellos se quedaban la mitad.
—Desde luego, tienes algo de cínico —dijo Morton mirándole.
—Sí, algo.
—Bueno, ¿dónde vamos? ¿A Fort Apache?
— ¿Después de lo que he padecido?
— ¿Al Oxford?
—Vas haciendo progresos.
Jack Morton optó por un zumo de tomate —alegando el exceso de peso— y Rebus pidió una jarra mediana de cerveza y, tras un momento de indecisión, un chupito de whisky.
Todavía no era la hora del turno de comidas, pero ya estaban preparando las empanadas y lo demás. Quizás aquella camarera había estado en los Scouts. Se fueron con las bebidas al fondo, a un rincón tranquilo.
—Tiene gracia estar otra vez en Edimburgo —dijo Morton—. Aquí no veníamos nunca, ¿verdad? ¿Cómo se llamaba aquel bar de Great London Road?
—No me acuerdo.
Era cierto; ni siquiera recordaba su interior a pesar de que habría estado en él unas trescientas veces. Era un pub para beber y charlar, animado exclusivamente por la vida que le daban los que iban a tomar copas.
—Caray, el dinero que habremos gastado allí.
—Habla el bebedor arrepentido.
Morton esbozó una sonrisa y alzó el vaso.
—John, ¿quieres explicarme por qué bebes?
—Por matar los sueños.
—Al final, la bebida te matará a ti.
—De algo hay que morir.
— ¿Sabes lo que me dijo alguien? Que eras el suicida más viejo del mundo.
— ¿Quién te lo dijo?
—No importa.
Rebus se echó a reír.
—Tal vez podría solicitar la inscripción en el libro Guinness de los récords.
—Bueno —añadió Morton apurando el vaso—, ¿qué programa nos espera?
—Yo tendría que hacer una llamada; a una periodista. —Miró el reloj—. Supongo que estará en casa. Voy al teléfono de la barra. ¿Me acompañas?
—No, me fío de ti.
— ¿Seguro?
—Más o menos.