Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Bueno —dijo Ancram—, tenemos a Geddes y a Spaven sirviendo juntos en Borneo, después a Geddes tratando de incriminar a Spaven durante la investigación de John Biblia... y expulsado de ella. Luego, transcurren unos años, ¿y qué encontramos? Geddes que sigue persiguiendo a Spaven, esta vez por el asesinato de Elizabeth Rhind. Y de nuevo suspenden la investigación.
—Spaven conocía a la víctima.
—Eso no vamos a discutirlo, inspector. —Hizo una pausa de cuatro compases—. Usted conocía a una de las víctimas de Johnny Biblia, ¿significa eso que la mató?
—Encuentre su collar en mi piso y vuelva a preguntármelo.
—Ah, bien, ahora llegamos a lo interesante, ¿eh?
—Ah, menos mal.
— ¿Conoce la palabra serendipidad?
—Sazono con ella mi discurso.
—Definición del diccionario: la posibilidad de efectuar casualmente un hallazgo. Una palabra muy útil.
—Ya lo creo.
—Y Lawson Geddes tenía ese don, ¿verdad? Vamos, que les llegó una denuncia anónima sobre un cargamento de radio–relojes robados. Y fueron al garaje, sin orden de registro ni nada, y ¿qué encontraron? A Leonard Spaven, los radio–relojes más un bolso y un sombrero... pertenecientes a la víctima. Es lo que yo llamo un hallazgo muy casual. Salvo que no era casual, ¿verdad?
—Hubo orden de registro.
—Firmada con fecha retrospectiva por un juez paniaguado. —Otra sonrisa—. ¿Cree que domina la situación? ¿Piensa que yo me lo digo todo y que, por consiguiente, usted no está diciendo nada que pueda comprometerle? Pues escuche bien: hablo porque quiero que sepa cómo está el asunto. Después tendrá plena oportunidad de refutar o no.
—Lo estoy deseando.
Ancram miró sus notas. Rebus seguía mentalmente en Borneo y pensaba en las fotos: ¿qué diablos tendrían que ver con John Biblia? Ojalá las hubiera mirado con más atención.
—He leído su propia versión de los acontecimientos, inspector —prosiguió Ancram—, y empiezo a comprender por qué usted y su amigo Holmes rebuscaban tanto. Era por eso, ¿no? —apostilló alzando la vista.
Rebus guardó silencio.
—Mire, en aquella época le faltaba a usted veteranía a pesar de lo mucho que Geddes le enseñó. El informe está bien redactado, pero se nota que era consciente de las mentiras que decía y de las lagunas que se vio obligado a dejar. Yo sé leer entre líneas; llámelo crítica, si quiere.
A Rebus le vino una imagen a la cabeza: Lawson Geddes tembloroso y con ojos de loco en la puerta de su casa.
—Bien, esto es lo que yo creo que sucedió: Geddes iba detrás de Spaven, por cuenta propia esta vez, ya que habían suspendido la investigación, y un día le siguió hasta el lugar del alijo, esperó a que se marchase y forzó la entrada. Le gustó lo que vio y decidió colocar una prueba incriminatoria.
—No.
— ¿A lo primero o a lo segundo?
—A ambos.