Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
— ¿Para cazar a Tío Joe o al soplón? Puede salir bien... si no va usted por ahí diciéndoselo a todo el mundo.
—En usted tengo confianza.
— ¿Por qué?
—Porque si no sería capaz de joderlo todo.
— ¿Sabe que no es la primera vez que se me propone abandonar y dejar las cosas a los demás?
— ¿Y?
—Pues que generalmente es porque hay algo que ocultar.
—Esta vez no —replicó Ancram negando con la cabeza—. Pero sí tengo algo que ofrecer. Como le he dicho, a mí el caso Spaven no me interesa, pero profesionalmente no me queda más remedio que cumplir con mi obligación. Ahora bien; hay maneras y maneras de realizar un informe. Podría minimizar su intervención en ese asunto dejándole totalmente al margen. No le estoy diciendo que abandone ninguna investigación, sino que la aparque durante una semana.
— ¿Para que el asunto se enfríe y dé tiempo a un par de suicidios y muertes accidentales más, por ejemplo?
Ancram hizo un gesto de irritación.
—Cumpla con su obligación, inspector jefe —dijo Rebus—, que yo cumpliré con la mía.
Se puso en pie, cogió el periódico con la noticia sobre Johnny Biblia y se lo guardó en el bolsillo.
—El trato que le propongo —siguió Ancram conteniendo su furia— es ponerle alguien de vigilancia permanente o la suspensión de empleo.
— ¿Ése? —dijo Rebus basculando el pulgar hacia la ventana.
Afuera el chofer fumaba apaciblemente un pitillo al sol.
Ancram negó con la cabeza.
—Alguien que le conoce mejor.
Rebus pronunció el nombre un segundo antes que Ancram.
—Jack Morton.
Estaba ya esperándole delante de casa. Los sumideros tragaban el agua del lavado de coches de los vecinos. Jack se había pasado la espera dentro del coche con el cristal de la ventanilla bajado y el periódico abierto por la página de crucigramas. Pero en esos momentos estaba fuera tomando el sol cruzado de brazos. Llevaba una camisa de manga corta, vaqueros gastados y zapatillas deportivas blancas y nuevas.
—Siento fastidiarte el fin de semana —dijo Rebus bajando del coche de Ancram.
—Ya sabe —dijo éste a Morton—, no le pierda de vista. Si va a cagar, compruébelo por el ojo de la cerradura, y si dice que va a tirar la basura, le acompaña, ¿entendido?
—Sí, señor.
El policía–chofer preguntó a Rebus dónde aparcaba el Saab y éste le indicó las dobles líneas amarillas más adelante. Seguía en el parabrisas el tarjetón de policía de Grampian y Rebus no tenía ninguna prisa por quitarlo. Ancram se apeó y abrió el maletero. El chofer entregó a Rebus las llaves del Saab, sacó el equipaje y fue a ponerse al volante del coche de su jefe ajustando el asiento y el retrovisor. Rebus y Morton les miraron alejarse.