Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Indirectamente, ¿eh? —Grogan volvió a hacerse visible enseñando unos dientes amarillos que parecían recortados—. En fin, es una manera de decirlo. El sargento Lumsden afirma que usted se mostró muy interesado en el caso y que no cesaba de hacerle preguntas.
—Con todo respeto, señor, ésa es la interpretación del sargento Lumsden.
— ¿Y cuál es la suya?
Apoyó los puños sobre la mesa, inclinado hacia él.
Ahora el propósito era atemorizar al detenido y demostrarle quién mandaba.
— ¿Le importa que fume?
— ¡Conteste a mi pregunta!
— ¡Deje de tratarme como a un puto sospechoso!
Rebus se arrepintió inmediatamente de su arrebato. Era una señal de debilidad, de desconcierto. En los entrenamientos del Ejército había superado muchas sesiones de técnicas de interrogatorio. Sí, pero entonces tenía la cabeza más clara y con menos asuntos por los que sentirse culpable.
—Pero, inspector —replicó Grogan fríamente como agraviado—, eso es precisamente lo que es usted.
Rebus se agarró al extremo de la mesa, sintiendo el cortante borde metálico. Quiso incorporarse, pero le fallaban las piernas. Debía dar la impresión de estar muerto de miedo; hizo un esfuerzo y soltó la mesa.
—Anoche —prosiguió Grogan inflexible— se encontró el cadáver de una mujer en un cajón en el puerto. El forense certifica que fue asesinada anteanoche. Estrangulada, violada. Y falta un zapato.
Rebus meneaba la cabeza de un lado a otro. «Santo Dios —pensaba—, otra no.»
—No hay señales de que se resistiera, pues no hay piel en las uñas. Pero podría haberse defendido a puñetazos. Tenía el aspecto de ser una mujer fuerte, tenaz.
Involuntariamente, Rebus se llevó la mano a la contusión de la sien.
—Usted estaba cerca del puerto, inspector, y de un humor de perros, según el sargento Lumsden.
— ¿Intenta incriminarme? —Se puso en pie de un salto.
El contraataque era la mejor defensa, según decían. No es una verdad absoluta, pero si Lumsden quería jugar sucio, él no iba a quedarse corto.
—Siéntese, inspector.
— ¡Trata de cubrir a sus putos clientes! ¿Cuánto te sacas a la semana, Lumsden? ¿Cuánto te pasan?
— ¡He dicho que se siente!
— ¡Cabrón! —exclamó Rebus sin control—. ¡Intentas acusarme de ser Johnny Biblia! ¡Si casi tengo la edad de John Biblia, joder!
—Estaba usted en el puerto a la hora en que la asesinaron. Y volvió al hotel con contusiones y cortes y la ropa destrozada.
— ¡Esto es una gilipollez! ¡No lo aguanto más!
—Sí lo va a aguantar.
—Entonces, acúseme.
—Unas preguntas más, inspector. Puede usted facilitar las cosas o hacerlas infinitamente más penosas. Elija usted, pero antes ¡siéntese!