Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—El Tío Joe domina Glasgow, incluido, supongo, una buena tajada del narcotráfico. Ahora está aquí su hijo, tomando copas en el Burke's. Un confidente de Edimburgo tenía información sobre un cargamento que iba destinado al norte. Y además tenía el número de teléfono de Burke's. Y acabó ahogado. Es una pista —añadió, alzando un dedo—. Tony El torturó a un trabajador del petróleo, que también murió. Acto seguido ese Tony El viene aquí y aparece muerto. Son tres muertes de momento, todas sospechosas y nadie hace nada. —Alzó de nuevo el dedo—. Segunda pista. ¿Hay relación entre las dos últimas? No lo sé. De momento lo único que las relaciona es Aberdeen. Pero ya es algo. Tú no me conoces, Ludo. Todo lo que necesito es un buen comienzo.
— ¿Puedo cambiar ligeramente de tema?
—Adelante.
— ¿Sacaste algo en limpio en Shetland?
—Hostilidad. Una de mis aficiones. Soy coleccionista.
— ¿Y vas mañana a Bannock?
—No has perdido el tiempo.
—Unas simples llamadas. ¿Sabes qué? —añadió, dando al contacto—. Estoy deseando que te largues. Mi vida era muy tranquila antes de que tú llegaras.
—Soy una diversión continua —dijo Rebus, mientras abría la portezuela.
— ¿Adónde vas?
—Vuelvo a pie. Es una noche agradable.
—Como gustes.
—Siempre lo hago.
Rebus contempló cómo el coche se alejaba y tomaba una curva. Escuchó desvanecerse el ruido del motor, tiró el cigarrillo y echó a andar. El primer club que encontró era el Yardarm. Era la noche de baile exótico, con un espantapájaros en la puerta para cobrar la entrada. Él ya estaba de vuelta. El momento de auge de los bailes exóticos a finales de los setenta había sido generalizado en los pubs de Edimburgo: hombres con gafas oscuras, la chica del striptease elegía tres discos de la máquina y después, si querías que la cosa fuera a más, toda la colección.
—Sólo dos libras, amigo —dijo el espantapájaros, pero Rebus negó con la cabeza y siguió su camino.
La noche estaba llena de ruidos: alaridos de borrachos, silbidos y pájaros que ignoraban lo tarde que era. Unos polis interpelaban a dos quinceañeros. Pasó de largo como un turista más. Quizá Lumsden tuviera razón, pero él no pensaba así. Aberdeen era muy parecido a Edimburgo. A veces ibas a un pueblo o a una ciudad y no le cogías el pulso, pero no era el caso de Aberdeen.
En Union Terrace un múrete de piedra protegía el parque que se extendía en declive hacia una hondonada. Su coche seguía aparcado en la otra acera, justo delante del hotel. Iba a cruzar cuando dos manos le agarraron por los brazos, tirando de él hacia atrás. Cayó sobre el murete y siguió cuesta abajo dando tumbos y revolcones.