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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Se oyó un gruñido por toda respuesta; los trajeados seguían pendientes de su trabajo pero no parecían concentrarse. Una turbulencia zarandeó el aparato y Rebus volvió a aferrarse al apoyabrazos.

—Miedo a volar —comentó el de la pelliza con un guiño.

Rebus era consciente de que lo mejor era distraerse.

— ¿Trabaja en Sullom Voe? —dijo.

—Lo dirijo, prácticamente. No trabajo para ésos —añadió señalando con la cabeza a los trajeados—. Voy en su avión pero trabajo para el consorcio.

— ¿Las Seis Hermanas?

—Y los demás. Treinta y pico en el último recuento.

—Mire, yo no sé nada de Sullom Voe.

— ¿Es periodista? —replicó el de la pelliza, mirándole de soslayo.

—Soy de la policía criminal.

—Me da igual mientras no sea periodista. Yo soy el jefe suplente de mantenimiento. En la prensa siempre están dándonos la lata de que si roturas de tuberías, que si escapes, que si filtraciones... Pero las únicas filtraciones de mi terminal son las de los putos periódicos. —Volvió a mirar por la ventanilla como si la conversación hubiese terminado. Pero al cabo de un minuto volvió al ataque—. A la terminal llegan dos oleoductos. De Brent y Ninian, aparte de lo que descargan los petroleros. Con los cuatro muelles de atraque casi no damos abasto. Llevo allí desde el principio, en 1973. Cuatro años después de que los primeros barcos de prospección llegaran a Lerwick. Joder, tendría que haber visto la cara que ponían los pescadores. Seguramente pensaban que no iba a haber nada de nada. Pero ya lo creo que se encontró petróleo y bastante; fue una puja de la hostia con las islas, pero al consorcio le sacaron hasta el último céntimo. Hasta el último céntimo.

Su rostro se relajaba a medida que hablaba, y Rebus pensó que quizá seguía borracho, porque charlaba en voz baja, mirando casi constantemente por la ventanilla.

—Tendría que haber visto este lugar en los setenta, muchacho. Parecía Klondike: sólo un montón de remolques y chabolas, y las carreteras eran un auténtico barrizal. Nos cortaban la luz, faltaba agua potable y los de aquí nos odiaban a muerte. Una delicia. No había más que un pub y los víveres los traía el consorcio en helicóptero como si estuviésemos en guerra. Qué cojones, casi lo estábamos.

Se volvió hacia Rebus.

—Y el tiempo... el viento te desollaba la cara.

—Entonces, ¿no habría hecho falta que me trajera la maquinilla de afeitar?

El hombretón lanzó un resoplido.

— ¿A qué va a Sullom Voe?

—Una muerte en circunstancias sospechosas.

— ¿En Shetland?

—En Edimburgo.

— ¿Muy sospechosa?

—Quizá no, pero hay que comprobarlo.