Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Minchell lo llevó al aeropuerto de Dyce. Era un avión de dos motores a hélice de catorce plazas, pero aquel día sólo llevaba seis pasajeros. Cuatro de ellos iban con traje, y de inmediato abrieron sus carteras para sacar papeles, informes, calculadoras, bolígrafos y portátiles. Había otro con una pelliza de borrego, que no iba, como habría dicho el resto, «vestido decentemente». Con las manos en los bolsillos, miraba por la ventanilla. Rebus, que no tenía ningún inconveniente en ocupar el asiento del pasillo, se acomodó a su lado.
El hombre trató de disuadirle con la mirada. Tenía los ojos enrojecidos y una barba grisácea. Rebus, ni corto ni perezoso, se ajustó el cinturón de seguridad y él lanzó un gruñido, aunque enderezándose en el asiento y dejándole medio apoyabrazos, tras lo cual volvió a concentrarse en mirar por la ventanilla. Un coche se acercaba al avión.
Sonó el motor y las hélices comenzaron a girar. En la cola había una azafata junto a la puerta aún abierta. El de la pelliza apartó la vista de la ventanilla y se volvió hacia el grupo de los trajeados.
—Preparaos para jiñaros —dijo, soltando una carcajada.
Rebus sintió en su rostro los efluvios del whisky de la noche y se alegró de no haber desayunado.
Un último pasajero subía a bordo. Asomó la cabeza por el pasillo y vio que era el mayor Weir, con falda escocesa y su correspondiente escarcela. Los trajeados se estremecieron, mientras el de la pelliza continuaba riéndose por lo bajo. Cerraron la puerta de golpe y en cuestión de segundos el avión rodaba por la pista.
Rebus, que detestaba volar, procuró imaginarse de pasajero en un simpático tren en tierra firme sin ninguna intención de despegar hacia las alturas.
—Si continúa agarrando con esa fuerza el maldito apoyabrazos lo va a arrancar —dijo su vecino.
El despegue fue como rodar por un camino de tierra. Rebus notaba como si los empastes se le fueran a caer y oía el traqueteo de tuercas y soldaduras. Pero el aparato acabó por estabilizarse y todo fue como la seda. Respiró tranquilo de nuevo y vio que las manos y la frente le sudaban. Reguló el dispositivo del aire que había encima del asiento.
— ¿Mejor? —preguntó el de la pelliza.
—Sí —contestó él.
Notó cómo se plegaba el tren de aterrizaje y se cerraba la compuerta. El de la pelliza le dio una detallada explicación de los ruidos y Rebus asintió con la cabeza agradecido, y oyó que la azafata decía desde el final del pasillo:
—Mayor, si hubiéramos sabido que venía usted habríamos preparado café. Lo lamento.