Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—La puerta estaba cerrada por dentro —arguyó Lumsden.
—Y no había sido forzada cuando yo llegué.
— ¿Entonces?
—Entonces, ¿cómo entró el «muchacho» de la patrona?
Llevó a Lumsden al cuarto de baño y examinaron la puerta: con un destornillador se abría y cerraba fácilmente por fuera.
— ¿Quieres que lo llevemos como homicidio? —preguntó Lumsden—. ¿Crees que ese Stanley se presentó aquí, mató al señor Kane, le arrastró pasillo adelante hasta el baño y allí le cortó las venas? Hay media docena de habitaciones en el trayecto y dos pisos... ¿No crees que alguien hubiera oído algo?
— ¿Les has preguntado?
—John, te he dicho que nadie vio nada.
—Y yo te digo que esto lleva la firma de Joseph Toal.
Lumsden meneaba la cabeza sin dar crédito. La revista enrollada asomaba por el bolsillo de la chaqueta.
—Yo lo único que veo es un suicidio. Y por lo que me has contado, me alegro de que el cabrón la haya palmado y punto.
Volvió en el mismo coche patrulla, contraviniendo de nuevo el límite de velocidad.
Ahora estaba completamente despierto. Paseó de arriba abajo por la habitación y se fumó tres cigarrillos. Tras las ventanas catedralicias la ciudad dormía. Aún funcionaba el canal de pago para adultos, y la otra opción era un partido de balonvolea en una playa de California. Por distraerse, sacó las octavillas de la manifestación. Eran deprimentes. En el mar del Norte la caballa y otras especies estaban ya «comercialmente extintas», y otras, entre ellas el eglefino, congénere del bacalao y base de la alimentación de aquella zona, habrían desaparecido a finales del milenio. Entretanto había en la zona cuatrocientas instalaciones petrolíferas que en su momento serían excedentes y si se optaba por hundirlas con sus metales pesados y productos químicos... adiós peces.
Probablemente, los peces estuvieran, de todos modos, condenados por los nitratos y fosfatos de las alcantarillas y los fertilizantes agrícolas que se vertían al mar. Se sentía peor que nunca y tiró las octavillas a la papelera, pero una fue a parar al suelo y la recogió. Anunciaba la convocatoria de una marcha de protesta el sábado y un concierto para recaudar fondos con figuras como los Dancing Pigs. La echó también a la papelera y decidió comprobar si tenía mensajes en el contestador de casa. Había dos llamadas de Ancram, exaltado y casi furioso, y una de Gill, diciéndole que llamase a cualquier hora. Eso hizo.
—Diga.
Hablaba como si tuviera la boca pegada.
—Perdona que sea tan tarde.
—John. —Miró la hora—. Es tan tarde que ya es pronto.
—Me decías en el mensaje...
—Sí, sí. —Parecía como si tratara de incorporarse en la cama, bostezando exageradamente—. Examinaron en Howdenhall ese bloc de notas con el ESDA, el método electrostático.
— ¿Y?