Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Y bien muerto estaba; en el baño de una pensión con derecho a desayuno, con un brazo colgando de la bañera, estilo Marat. El clásico corte de venas en las muñecas en sentido longitudinal. El agua de la bañera parecía fría, pero Rebus no se acercó demasiado, pues el brazo yerto había regado el suelo de sangre.
—La patrona no sabía que era él quien estaba en el cuarto de baño —le informó Lumsden—. Sabía que había alguien que llevaba mucho tiempo dentro, y como no contestaban fue a buscar a uno de los «muchachos»... los trabajadores del petróleo a los que atiende. Dice que pensaba que el señor Kane era también del petróleo. Bien, un huésped abrió la puerta y se encontraron con esta escena.
— ¿Y no hay nadie que haya visto u oído nada?
—El suicidio suele ser un asunto silencioso. Ven conmigo.
Cruzaron pasillos estrechos y subieron dos plantas hasta el dormitorio de Tony El. Estaba bastante aseado.
—La patrona pasa la aspiradora y cambia toallas y sábanas dos veces por semana. —Había una botella de whisky barato con el tapón puesto y con la quinta parte de su contenido, y un vaso vacío al lado—. Mira esto.
Rebus dirigió la mirada hacia el tocador. Todo un instrumental: jeringuilla, cuchara, algodón, mechero y una bolsita de plástico con polvo marrón.
—Me han dicho que la heroína vuelve a estar muy de moda —comentó Lumsden.
—No le he visto señales en los brazos —dijo Rebus, pero Lumsden afirmó con la cabeza, contradiciéndole, y él volvió al cuarto de baño a comprobarlo.
Sí, un par de pinchazos en la cara interna del antebrazo. Regresó a la habitación y se encontró a Lumsden sentado en la cama hojeando una revista.
—No hacía mucho que se drogaba —dijo Rebus—. Hay pocos pinchazos en los brazos. Y no hay navaja.
—Mira esto —dijo Lumsden, mostrándole la revista. Una mujer con una bolsa de plástico en la cabeza a quien penetraban por detrás—. No falta gente morbosa.
Rebus cogió la revista: Snuff Babes. En la contraportada leyó que «se preciaba» de estar editada en Estados Unidos. Aparte de ser ilegal, era el porno más duro que Rebus había visto en su vida. Páginas y más páginas de asesinatos ficticios con sexo incluido.
Lumsden sacó del bolsillo una bolsita de pruebas con un cuchillo manchado de sangre. Pero no uno corriente, era un Stanley.
—A mí no me parece un suicidio —dijo Rebus en voz baja.
Y a continuación explicó por qué: la visita a Tío Joe, la razón por la que su hijo recibía aquel apodo y la circunstancia de que Tony El había sido matón a sueldo de Tío Joe.