Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Se puso en pie y se miró al espejo. La policía había difundido una serie de fotos robot, hechas por ordenador, en las que se había envejecido el retrato robot original de John Biblia. Una de ellas no estaba mal del todo, pero era una entre muchas otras. Hasta el momento nadie se le había quedado mirando ni ninguno de sus colegas había comentado ningún parecido. Ni siquiera el policía había advertido nada. Se restregó la barbilla. En su piel enrojecida se marcaron sombras en los puntos mal afeitados. La casa se hallaba en silencio. Su mujer no estaba. Se había casado para marcar una diferencia más con el perfil psicológico. Abrió la puerta del estudio, fue hasta la puerta de la vivienda y se aseguró de que estaba echada la llave. A continuación, subió a la planta superior y descolgó la escalerilla móvil de acceso a la buhardilla. Le gustaba estar allí, un lugar suyo. Miró el baúl con dos cajones viejos encima, simple camuflaje. No los habían movido. Los quitó, sacó el bolsillo una llave, abrió el baúl y soltó los dos cierres de latón. Volvió a prestar oído: silencio y el latido sordo de su corazón. Levantó la tapa.
El arca de los tesoros: bolsos, zapatos, pañuelos, baratijas, relojes y monederos; nada que tuviese una marca especial que permitiese identificar a la propietaria. Había vaciado y revisado cuidadosamente los bolsos y monederos por si tenían iniciales o algún defecto o señal distintiva. Había quemado cualquier carta o papel con un nombre o unas señas. Se sentó en el suelo ante su baúl sin tocar nada. No había necesidad. Recordaba a la vecina de su calle cuando él tenía ocho... o nueve años, y ella un año menos. Jugaban a tumbarse alternativamente en el suelo y a quedarse muy quietos, con los ojos cerrados, mientras el otro iba quitándole todas las prendas de ropa que podía sin que lo notara.
John Biblia no tardó en sentir los dedos de la chica tocándole... Él había jugado según las reglas, con ella tumbada, desabrochándole botones y cremalleras... y ella pestañeaba emocionada y sonriente... y se había quedado echada sin protestar, a pesar de que él sabía que debía de sentir sus torpes dedos.
Hacía trampa, claro.
Su abuela no dejaba de advertirle que anduviera con cuidado con las mujeres que iban muy perfumadas, que no jugase a las cartas en el tren con desconocidas...