Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Vestía vaqueros negros ajustados, descoloridos en la entrepierna y las rodillas, y una cazadora vaquera forrada de borreguito. Advirtió que tenía los ojos algo saltones y las cejas arqueadas, sin depilar, pensó. Los pómulos marcados.
—Siéntese —dijo.
Ella se sentó en el sofá, con las piernas levemente separadas, los codos apoyados en las rodillas y sosteniendo el vaso a la altura del rostro.
— ¿No es el primero que toma hoy, verdad? —inquirió.
Rebus dio un sorbo y dejó el vaso en el brazo del sillón.
—Puedo dejarlo cuando quiera. ¿No ve? —contestó y le mostró las manos vacías.
Ella sonrió y bebió, observándole por encima del vaso. Rebus trató de interpretar su actitud. ¿Coqueta, descarada, tranquila, expectante, calculadora, risueña?
— ¿Quién le dijo lo de la investigación? —preguntó.
— ¿Quiere decir quién informó a los medios de comunicación o a mí personalmente?
—Lo mismo da.
—No sé de dónde salió, pero un periodista se lo contó a otro y corrió la noticia. A mí me llamó una amiga de Scotland on Sunday que sabía que estábamos cubriendo el caso Spaven.
Rebus se puso a pensar: Jim Stevens, al margen de la escena como si fuera el director de escena. Stevens, destinado en Glasgow. Chick Ancram, de Glasgow. Seguro que Ancram sabía que Rebus y Stevens hacía tiempo...
Cabrón. No le extrañaba que no le hubiera invitado a llamarle Chick.
—Es como un mecanismo.
—Me parece que ya sé de dónde procede.
Sonrió levemente.
Cogió la botella y la dejó al alcance de la mano. Kayleigh Burgess se reclinó en el respaldo del sofá y se sentó sobre las piernas recogidas, mirando en derredor.
—Bonito cuarto. Es muy espacioso.
—Necesita una mano de pintura.
Ella asintió con la cabeza.
—Las molduras, desde luego, y quizá la ventana. Pero yo eso lo eliminaría. —Se refería a un cuadro que había encima de la chimenea; una barca de pesca en el muelle—. ¿Dónde es?
—Un lugar ficticio —respondió Rebus, encogiéndose de hombros.
A él tampoco le gustaba el cuadro pero no hasta el extremo de deshacerse de él.
—Podría también rascar la pintura de la puerta —prosiguió ella—, quedaría bien en su tono natural. Acabo de comprarme un piso en Glasgow —añadió al interpretar su mirada inquisitiva.
—Me alegro.
—Los techos son muy altos para mi gusto, pero...
Se interrumpió al darse cuenta del tono con que Rebus había hecho el cumplido.
—Lo siento. Soy un poco anticuado para chismorrear.
—Pero no para la ironía.
—Tengo mucha práctica. ¿Qué tal va el programa?
—Pensé que no quería hablar de eso.
Rebus alzó los hombros.
—Será más interesante que Bricolaje en casa —replicó, mientras se levantaba para volver a llenar los vasos.