Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Era una ranchera azul 940. Rebus miró por las ventanillas pero no vio más que un interior impecablemente limpio. Echó un vistazo al cuentakilómetros y marcaba muy pocos. Coche nuevo. Los neumáticos ni siquiera habían perdido el brillo.
Volvió al suyo, con un kilometraje cincuenta veces superior al del Volvo, y decidió regresar a Edimburgo por Glasgow Road, pero cuando iba a cruzar el puente del canal vio, al otro lado, un coche de policía en el aparcamiento del restaurante, justo en la rampa de bajada al canal, y a su lado una ambulancia. Frenó y entró en el aparcamiento dando marcha atrás para acercarse al sitio. Le salió al paso un agente haciéndole señales de que se alejara, pero él ya tenía la placa en la mano. Aparcó y bajó del coche.
— ¿Qué ha pasado? —inquirió.
—Alguien se tomó un baño vestido.
El agente siguió a Rebus por la rampa hasta el embarcadero. En los amarres había barcos de paseo y un par de turistas que parecían haber desembarcado de uno de ellos. Llovía otra vez y las gotas punteaban la superficie del agua. Los patos habían desaparecido al ver que sacaban un cadáver chorreando y lo depositaban sobre los tablones de madera del embarcadero. Un hombre con aspecto de médico procedía a auscultarlo con expresión de pocas esperanzas. El restaurante tenía abierta la puerta trasera, desde donde el personal contemplaba la escena con interés y horror.
El médico negó con la cabeza. Uno de los turistas, la mujer, comenzó a llorar y su compañero le cogió la videocámara y le pasó una mano por los hombros.
—Resbalaría y al caer se golpearía en la cabeza —comentó alguien.
El médico examinó la cabeza del muerto y descubrió una brecha.
Rebus dirigió la mirada hacia el grupo del restaurante.
— ¿Alguien ha visto algo? —Todos negaron con la cabeza—. ¿Quién dio parte?
—Yo —contestó la turista, con acento inglés.
Rebus se volvió hacia el médico.
— ¿Cuánto tiempo llevaría en el agua?
—Soy médico de cabecera, no un experto, pero, de todos modos, yo diría que... no mucho. Desde luego no toda la noche.
Del bolsillo de la chaqueta del ahogado rodó un objeto que fue a encajarse entre dos tablones. Un frasco marrón con tapón rojo de plástico. Pastillas por receta. Rebus miró la cara abotargada, relacionándola con un hombre mucho más joven, un hombre que él había interrogado en 1978 por su vinculación con Lenny Spaven.
—Es de aquí —dijo a los agentes y al médico—. Se llama Fergus McLure.