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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Weir y Bird eran norteamericanos con fuertes raíces escocesas. Tras la muerte de Bird en 1986, Weir se hizo cargo de la empresa, una de las más pequeñas para extracción de petróleo y gas en el lecho marino...

Rebus reflexionó sobre sus escasos conocimientos de la industria petrolera. Su imaginería mental al respecto eran catástrofes y manchas negras.

T—Bird tenía su sede en el Reino Unido en Aberdeen, junto al aeropuerto de Dyce, y la central era estadounidense; la firma extraía, además, gas y petróleo en Alaska, África y el golfo de México.

—Aburrido, ¿no? —comentó Maclay.

— ¿Se supone que es un chiste?

—Un simple comentario.

Rebus se levantó y se puso la chaqueta.

— ¿Adónde vas?

—A otra comisaría.

A nadie parecía interesar verle de nuevo por St. Leonard. Un par de agentes se pararon a saludarle, pero resultó que no sabían nada de su traslado.

—Lo cual no sé si dice menos en mi favor que en el vuestro.

Ya en las oficinas del departamento, vio a Siobhan Clarke sentada a su mesa, que hablaba por teléfono, y le saludó esgrimiendo un bolígrafo. Vestía una blusa blanca de manga corta que dejaba ver sus brazos bronceados, como el rostro y el cuello.

Rebus le agradeció el cálido saludo con una mirada. Resultaba raro estar en «casa». Pensó en Alian Mitchison y en su piso vacío: había vuelto a Edimburgo porque era lo más parecido a lo que podía llamarse su hogar.

Finalmente localizó a Brian Holmes, quien charlaba animadamente con una agente.

—Hola, Brian. ¿Cómo está tu mujer?

La agente se ruborizó, musitó una excusa y los dejó.

—Ja, ja... Cabrón —dijo Holmes.

Ahora, sin la agente, parecía un hombre derrotado; hombros caídos, tez grisácea y mal afeitado.

—El favor que... —le espetó Rebus.

—Estoy en ello.

— ¿Y qué?

— ¡Estoy en ello!

—Tranquilo, hijo, que somos amigos.

Fue como la puntilla. Se restregó los ojos y se pasó los dedos por el pelo.

—Perdona —dijo—. Es que estoy deshecho.

— ¿Qué tal un café?

—Si me invitas a la cantina, sí.

En la cantina servían buenos dobles. Se acomodaron a una mesa y, como preámbulo, Holmes abrió los sobrecillos de azúcar y vertió el contenido en el café.

—Escucha —dijo—, respecto a la otra noche y Mental Minto...

—De eso no se habla —replicó Rebus con firmeza—. Es historia.

—Nos rodea la historia.

— ¿Qué otra cosa hay en Escocia?

—Estáis tan alegres como dos monjas en un cabaret —dijo Siobhan Clarke mientras arrimaba una silla para sentarse.

— ¿Qué tal las vacaciones? —le preguntó Rebus.

—Relajantes.

—Ya veo que hizo mal tiempo.

—Mis horas de playa me costó —replicó al pasarse la mano por el brazo.

—Siempre fuiste una perfeccionista.

Siobhan dio un sorbo a una Pepsi diet.

—Bueno, ¿por qué está todo el mundo tan deprimido?