Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Subió la escalera hasta la vivienda. La puerta estaba precintada pero él tenía llaves de los candados. El salón seguía igual: con la mesa patas arriba y la manta. Si hubiera vecinos, quizás habrían podido ver algo, pero había que reconocer que las posibilidades se reducían a un uno por ciento y aún menos las de obtener declaraciones. Cocina, cuarto de baño, dormitorio, recibidor. Andaba pegado a las paredes por si el suelo cedía. En aquel bloque no vivía nadie, pero en el contiguo había un par de ventanas con cristales: una en la primera planta y otra en la segunda. Llamó a la puerta de la primera y le abrió una mujer desaliñada con un niño de pecho aferrado al cuello. Sobraban las presentaciones.
—Yo no sé nada y no he visto ni oído nada —le espetó la mujer intentando cerrar la puerta.
— ¿Está casada?
Abrió de nuevo.
— ¿Ya usted qué más le da?
Rebus se encogió de hombros. Buena pregunta.
—Él estará en el bar, lo más seguro —añadió ella.
— ¿Cuántos hijos tienen?
—Tres.
—Vivirán muy apretados.
—Eso es lo que no paramos de repetirles. Y nos dicen que estamos en la lista.
— ¿Qué edad tiene el mayor?
Ella entornó los ojos.
—Once años.
— ¿Cree que pudo haber visto algo?
—Me lo habría dicho —respondió ella, negando con la cabeza.
— ¿Y su marido?
—Lo habría visto todo doble —contestó sonriendo.
Rebus sonrió también.
—Bien, si se entera de algo... por los críos o por su marido...
—Sí, muy bien.
Y le cerró la puerta sin más.
Rebus subió a la otra planta. Cagadas de perro en el rellano y un condón usado. Lo miró evitando la asociación de ideas. Pintadas en la puerta: mamona, el cono de Su Majestad y dibujos de coitos de cómic, que la inquilina había desistido de borrar. Rebus tocó el timbre. No contestaban. Probó otra vez.
Una voz se oyó desde el fondo:
— ¡Largo, cabrón!
— ¿Podría hacerle unas preguntas?
— ¿Quién es?
—Departamento de Investigación Criminal.
Ruido de cadena. La puerta se entreabrió cuatro centímetros. Rebus vio media cara: una vieja, o quizás un viejo. Mostró su placa.
—No van a echarme. Me encerraré en el piso aunque tiren la casa.
—No vengo a echarla.
— ¿Cómo?
—Que nadie va a echarla —repitió, alzando la voz.
—Sí que quieren, pero yo no me voy. Dígaselo.
Le llegaba un olor como de carne podrida.
—Escuche, ¿se ha enterado de lo que pasó aquí al lado?
— ¿Cómo?
Rebus miró por la rendija de la puerta. Un recibidor lleno de hojas de periódico y latas vacías de comida para gatos. Lo intentó de nuevo.
—Aquí al lado mataron a una persona.
—A mí no me venga con cuentos, joven —replicó la anciana irritada.