Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
— ¿Conoce un bar llamado The Lobby? —preguntó. El hombre hizo un gesto afirmativo—. Pues lléveme allí.
Pagó la carrera, le dio cinco libras de propina y pidió el recibo.
—No damos recibos, amigo. Lo siento.
—No trabajará por casualidad para Joe Toal, ¿eh?
—Ni lo he oído nombrar.
El hombre le miró con mala cara, metió la primera y arrancó.
En la barra de The Lobby estaba Ancram, con aire relajado entre dos hombres y dos mujeres que le escuchaban atentamente. El local estaba lleno de gente que había salido del trabajo, arribistas y mujeres solas.
— ¿Qué toma, inspector?
—Invito yo —dijo Rebus, señalando el vaso de Ancram y los de los otros, pero Ancram soltó una carcajada.
—A ellos no se les invita; son periodistas.
—De todos modos, la ronda es mía —dijo una de las mujeres—. ¿Qué toman?
—Mi madre me aconsejó no aceptar bebidas de desconocidos.
La mujer sonrió, iba maquillada y su rostro cansado fingía entusiasmo. Jennifer Drysdale. Rebus sabía la causa del cansancio: resultaba duro actuar como «un hombre más». Mairie Henderson le había hablado de ello... las cosas cambiaban muy lentamente, la realidad era un barniz de igualdad sobre el mismo papel pintado de siempre.
Un disco de Jeff Beck, HiHo Silver Lining. La letra era idiota pero se escuchaba desde hacía más de veinte años. No entendía por qué en un local con las pretensiones de The Lobby ponían viejos éxitos.
—En realidad —decía Ancram—, estamos cerca de encontrar algo. ¿Verdad, John?
—Sí.
Que le llamara por su nombre le dio a entender que el inspector jefe quería zanjar el asunto.
Los periodistas ya no parecían tan contentos y comenzaron a asediarle a preguntas sobre Johnny Biblia para tener algo que escribir.
—Qué más quisiera yo que contarles algo, pero todavía no tengo datos.
Ancram alzó las manos para tratar de calmarlos.
Rebus vio que había una grabadora en la barra.
—Declare usted cualquier cosa —dijo uno de los hombres, arriesgando una mirada en dirección a Rebus, que se mantenía al margen.
—Si quieren información —añadió Ancram, rompiendo el corro—, contraten un vidente. Gracias por las copas.
Fuera del local su sonrisa se esfumó. No era más que puro teatro ante los periodistas.
—Esos cabrones son como sanguijuelas.
—Y tienen sus costumbres, como las sanguijuelas.
—Cierto, pero ¿con quién, si no, vas a tomar una copa? No he traído el coche, ¿te importa ir a pie?
— ¿Adónde?
—Al primer bar que encontremos.
En realidad tuvieron que dejar atrás tres pubs —lugares poco seguros para que un policía tome una copa tranquilo— hasta dar con uno del agrado de Ancram. No dejaba de llover, aunque con menos fuerza. Rebus notaba la camisa pegada en la espalda. Pese a la lluvia, había una legión de vendedores de Big Issue, que ya nadie compraba.