Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
El tráfico avanzaba a paso de tortuga cerca del centro. La hora punta en Edimburgo era una pesadilla. Semáforos y tubos de escape temblorosos que hacían perder los nervios. Cuando llegaron a la tienda habían cerrado. Rebus miró el horario: abrían a las nueve. Recogería las fotos camino de Fettes y sólo llegaría con un poco de retraso a su cita con Ancram. Ancram: sólo pensar en él le daban calambres.
—Vamos a casa —dijo, pero recordó el tráfico—. No, he cambiado de idea; pasaremos por el Oxford. —Jack sonrió—. ¿Creías que me habías curado? Hay veces que me tiro dos días seguidos sin beber. No es gran cosa.
—Pero podría serlo.
— ¿Otro sermón, Jack?
Morton negó con la cabeza.
— ¿Y el tabaco?
—Sacaré un paquete en la máquina.
Estaba en la barra, con un pie en el escabel y el codo en el mostrador. Ante él había cuatro objetos: un paquete de cigarrillos sin abrir, una caja de cerillas Bluebell, treinta y cinco mililitros de whisky Teacher's y una jarra de Belhaven Best. Los miraba con la concentración de un telépata que intenta moverlos.
—No aguanta ni tres minutos —dijo un cliente al otro lado de la barra, como si hubiese estado cronometrando la resistencia de Rebus.
Le estaba dando vueltas a una pregunta: ¿Ellos lo querían a él o era al revés? Cogió la cerveza. Como su nombre indicaba era bastante fuerte. La olió. No tenía un olor muy apetitoso; el sabor no estaba mal, pero había otras cosas mejores. El aroma del whisky sí era bueno: una fragancia ahumada que entraba desde la nariz hasta los pulmones. Le quemaría en la boca y entraría en su cuerpo, aunque el efecto no durase mucho.
¿Y la nicotina? Sabía que cuando estaba unos días sin fumar notaba el mal olor que dejaba en la piel, en la ropa, en el pelo. Era realmente un hábito asqueroso: si no pillabas cáncer, existía la posibilidad de que se lo provocases al pobre desgraciado que tenía la mala suerte de estar a tu lado. Harry, el barman, le miraba expectante. El bar entero le miraba. Notaban que algo sucedía: se leía en la cara de Rebus, casi un gesto de dolor. Jack Morton permanecía a su lado callado, conteniendo la respiración.
—Harry —dijo al fin Rebus—, retira esto.
Harry se llevó los dos vasos meneando la cabeza.
—La cosa merecería un foto —comentó.
Rebus deslizó el paquete de cigarrillos por la barra hacia un fumador.
—Quédeselos y no me los deje al alcance de la mano, no sea que cambie de parecer.
El fumador cogió el paquete sin acabar de creérselo.
—En compensación por los pitillos que me ha gorreado —dijo.