Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Segundos después había cerrado los ojos. Rebus se levantó y fue al váter de cola. Al pasar ante el mayor Weir, sentado en la última fila, vio que estaba enfrascado en la lectura del Financial Times. El retrete era como un ataúd infantil. Si hubiera estado más gordo habría tenido que ponerse a dieta. Se sonrojó, pensando en que sus orines iban a parar al mar del Norte... en lo que a polución respecta, una gota en el océano. Abrió la puerta acordeón y se sentó en la fila de al lado del mayor en la butaca que había ocupado la azafata, en aquel momento en la cabina del piloto.
— ¿Algún acierto en las carreras de caballos?
El mayor Weir alzó la vista del periódico y ladeó la cabeza para observar a aquella extraña criatura. No tardó más de medio minuto, pero no dijo nada.
—Nos conocimos ayer —añadió él—. Soy el inspector Rebus. Sé que usted habla poco... pero llevo un bloc de notas si lo precisa —apostilló, dándose unas palmaditas en la chaqueta.
—Inspector, ¿cuando está fuera de servicio se dedica al teatro?
Era una voz refinada y cortés. Pero también seca y algo cascada.
— ¿Me permite una pregunta, mayor? ¿Por qué ha puesto nombre de torta de avena a su campo petrolífero?
Weir enrojeció de cólera.
— ¡Es la abreviatura de Bannockburn!
Rebus asintió con la cabeza.
— ¿Una de las batallas que ganamos? —dijo.
— ¿No conoce su historia, amiguito? —Rebus se encogió de hombros—. Le juro que a veces es desesperante. ¡Es usted escocés!
— ¿Y bien?
— ¡El pasado tiene su importancia! Hay que conocerlo para aprender.
—Aprender, ¿qué, señor?
Weir lanzó un suspiro.
—Como decía un poeta, un poeta escocés que hablaba sobre lenguaje, de nosotros los escoceses, que somos «seres domados por la crueldad». ¿Comprende?
—No acabo de verlo claro.
— ¿Es bebedor? —añadió Weir, ceñudo.
—Abstemio es mi segundo nombre. —El mayor emitió un gruñido de satisfacción—. Lo malo es —añadió Rebus— que el primero es Nadadeeso.
El viejo captó finalmente la broma y esbozó a regañadientes una torva sonrisa. La primera que veía Rebus.
—El caso es, señor, que he venido aquí...
—Sé a qué ha venido, inspector. Ayer, al verlo, le dije a Hayden Fletcher que averiguase quién era.
— ¿Puedo preguntar por qué?
—Porque no paraba usted de mirarme en el ascensor. Y no estoy acostumbrado a semejante comportamiento. Eso significaba que no trabajaba para mí y como iba con mi jefe de personal...
— ¿Pensó que buscaba un empleo?
—Quería asegurarme de que no se lo daban.
—Me halaga.
El mayor volvió a mirarle.
— ¿Por qué le envía mi empresa a Sullom Voe?
—Quiero hablar con un amigo de Mitchison.
—Alian Mitchison.
— ¿Le conocía?