Chapters (29)
—No estés nunca segura de nada. —Se interrumpe, mira por la ventanilla una charca con una docena de libélulas sobrevolándola—. Tenía intención de decírtelo. Ahora que te he visto trabajar, el modo en que entras y sales de situaciones, cómo abordas a la gente, esas cosas no se enseñan, las llevas dentro o no.
—Lo intento.
—Ves, a eso me refiero. No lo intentas, lo haces. Por instinto.
—La mayoría de los días esto me viene grande, Cal.
—Claro que te viene grande. Nos viene grande a todos, desde el primer día —señala hacia delante—. El desvío está donde se interrumpe la valla un par de metros.
Giro a la izquierda por un camino de tierra tan duro y liso como el asfalto. Ha debido costar su trabajo. La casa y el granero, cuando llegamos, están igual de bien cuidadas.
—Veo todo eso y, con lo que me has dicho —confiesa Cal—, no puedo por menos de preguntarme qué habría encontrado si hubiera investigado tus antecedentes.
—No entendí que no lo hicieras.
—Sé todo lo que necesito saber.
18
Sid había estado fuera del pueblo por un trabajo de asesoría, fastidiado por el desplazamiento que conllevaba, pero contento de tener un respiro del caso de Charlotte Hoy, y volvió con una sudadera que llevaba la leyenda NUNCA ESTUVE ALLÍ. Pero me había traído también un regalo de verdad, dijo, un ejemplar del Times Square Red, Times Square Blue, uno de los libros que le ayudaron a entender qué son las ciudades, cómo se convulsionan y agitan constantemente bajo nuestros pies y cómo, día a día, nos adaptamos a vivir en ellas. Así pues, mientras Sid y yo comíamos una pasta improvisada y nos acabábamos una botella de Meritage del condado de Sonoma, hablamos acerca del modo en que ciudades y pueblos, esas pequeñas naciones, se convierten en entidades. Cansados de las entidades que éramos, ese fue más o menos el alcance de nuestra reunión y de nuestro discurso intelectual.
Alarmas, trifulcas domésticas, peleas de bar, accidentes de tráfico, okupas en una urbanización abandonada a las afueras, reuniones del concejo municipal que parecían salidas de algún universo alternativo. Tiempos normales, por así decirlo. Me había acostumbrado a estar con el agua al cuello o por encima de la cabeza. Había aprendido a respirar ahí abajo. Tenía branquias.