Chapters (29)
—Tampoco es tan complicado. A menos que lo compliques, y luego es el cuento de nunca acabar, sigue y sigue hasta donde quieras estirarlo.
Unos días después, oí a uno de los amigos de papá usar la palabra «parapeto». No sabía lo que era para peto, pero me encantaba cómo sonaba y fui por ahí durante días repitiéndolo una y otra vez. Luego llegaría a darme cuenta de cómo al separar el término en dos palabras que funcionaban ambiguamente como preposición, sustantivo o verbo, le había adjudicado una serie de extraños significados posibles que acechaban bajo la superficie.
¿Por qué relaciono en mi mente estos dos fragmentos de conversaciones oídas por casualidad?
«¿Qué maldad aguarda al acecho en el corazón de los hombres?», declamaba siempre el presentador del programa de radio The Shadow.
¿Y qué sobreentendidos?
12
Farr estaba en pleno festival callejero. El gentío llenaba las calles del centro, entraba y salía como buenamente podía de los comercios, hacía cola en el puesto de tacos de Bo o en el Quiosco del Tesoro de Annabell mientras la banda del instituto interpretaba —con gallardía y casi siempre afinando, aunque no necesariamente siguiendo el compás— un popurrí de canciones sentimentales de hacía un siglo y melodías televisivas con la mitad de esos años. Chicos de la Iglesia Luterana ofrecían un espectáculo gimnástico en el solar vacío de la esquina donde se había derribado el Banco Landmark. Llamar a ese solar el parque del pueblo había empezado como una broma pero luego había cuajado.
La biblioteca del pueblo estaba representada en la persona de la señorita Bly, una veinteañera que parecía toda ella compuesta de pecas y entusiasmo. Odie Simon había expuesto sus relojes. Llevaba toda la vida coleccionándolos. Relojes de bolsillo del siglo pasado, relojes sumergibles, un Cartier, uno de fabricación alemana con más interruptores y palanquitas que la carlinga de un avión, diseños japoneses que parecían líquidos y casi provistos de vida. Jimmy Dolan tocaba la guitarra y cantaba música country en un puesto improvisado, con un montón de cedés titulados Lonely Way Home en una mesa a su lado.
Cogí un café para llevar en el restaurante de carretera y emprendí la ronda. Mirara donde mirara, las personas agradables eran como animales aupados sobre las patas traseras dando zarpazos al aire. Hasta el último hombre, la última mujer, todos los habitantes de Farr estaban felices y animados como el que más. A decir verdad, daba un poco de miedo, como ese momento en la película con música vibrante y sonrisas, justo antes de que el monstruo salga a escena, antes del estruendo lejano de los cañones.