Chapters (29)
Me puse los vaqueros, la sudadera y las zapatillas otra vez, metí unas cuantas cosas en el bolso y me largué.
4
Llovió durante cinco días.
Tampoco es que importara mucho. Habían venido de visita la peste, la gripe y la putrefacción de la jungla y se negaban a irse. Llamarlo «un catarro» sin más sería quedarse muy corto y quizá incluso me acarreara, como represalia, más sufrimiento aún, qué sabía yo. Al respirar sonaba igual que un acordeón muy viejo y plagado de fugas. Yo misma sufría pérdidas, por todas partes. O fugas. Olía fatal. Tenía alojadas en la boca cosas horrendas. Mis ojos se negaban a enfocar nada. El corazón y la cabeza me martilleaban. Apenas era consciente de dónde me encontraba.
La lluvia azotando la ventana y anulando el resto del mundo era un buen ejemplo audiovisual de cómo me sentía.
El tercer día, me arrastré hasta la pequeña cocina, un viaje de cientos de kilómetros o así, para preparar y tomarme una taza de caldo, que vomité antes de volver a la cama. O de volver al sofá, más bien, donde me instalé con mantas, toallas, clínex, toallitas de papel, bolsas de hielo y cazos y cazuelas diversos a modo de receptáculos.
La respiración, el equilibrio, los movimientos intestinales: cuántas cosas damos por sentadas.
La gente iba y venía a mi alrededor. Unos se inclinaban para mirarme fijamente, otros no eran más que voces y no llegaban a tomar forma. Una vez había un avestruz. Unos niños montaban una especie de representación que incluía pantalones cortos de cuero y botas de vaquero. Bajo el sonido de la lluvia, seguía oyendo música que nunca alcanzaba a identificar.
El sexto día salió el sol, y yo también. De la tierra húmeda en el exterior emanaba vapor; de mí, hedor y modorra. Pero llegué a la ducha sin mayores percances, y de allí al restaurante de carretera de la esquina, temblorosa, a comerme unos huevos revueltos.
Al entrar, me fijé en una mujer sentada en uno de los reservados con un portátil. Me sonaba de algo. Tomé asiento en un extremo del mostrador, tan lejos como pude de los afortunados con buena salud, y, mientras esperaba a que me sirvieran, eché otro vistazo. Me fijé en su presencia, los pómulos marcados, las mejillas hundidas y el pelo moreno y lustroso, cómo tenía la musculatura del brazo izquierdo ligeramente menos definida que la del derecho. Un momento después, alzó la cabeza y nos miramos.
—¿Marta?
Tenía el mismo problema que yo: ¿quién es esa? Entonces, alcancé a verlo, cayó en la cuenta.
—Dios santo, tienes una pinta de mil demonios.