Back Sarah Jane Save as PDF
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

De lo que contaba Olin de sí mismo, nunca se sabía cuánto era cierto y cuánto estaba vestido de domingo. Y la gente que se agolpaba a su alrededor cual grumos en las gachas de avena —productores, uno o dos agentes efímeros, otros artistas, músicos, parásitos— cambiaba con las estaciones. Supongo que algunos eran amigos, pero yo nunca los identificaba. De vez en cuando espigaba cosillas que parecían reales, restos en el fondo, de la vida de Olin, como la vez que se cayó de una montaña haciendo senderismo. Cómo lo cambió, preguntó alguien, si había cambiado su manera de vivir. Sí, ahora procuro moverme por terreno llano, dijo.

El comentario frecuente de Olin respecto a la caída y muchas otras cosas era «Soy el hombre sin más pasado», después de lo cual fruncía el ceño hasta que las cejas se precipitaban hacia la nariz, se encogía de hombros adoptando un estilo galo y añadía: «Algún viejo francés».

Cuando desapareció, me dejó en el parque esperándome mientras iba atardeciendo, la verdad es que no me sorprendió mucho. Compré una bolsa de palomitas en una tienda cercana y estuve dando de comer a las palomas. Fueron quedando cada vez menos, luego ninguna, y se encendieron las farolas. Cinco semanas después recibí una postal con la imagen de una modelo en bañador tocando el banjo.

En Georgia. Esto es una pasada de bonito. Te echo de menos.

Colin. Pd. He empezado a usar la C otra vez.

3

La policía estaba en la puerta. Y yo estaba dormida como un tronco con la camiseta que se había dejado alguien y unas bragas que empezaron siendo rosas en torno a la época de nuestra última recesión. Eso, y con resaca de un vino asqueroso de garrafas de tamaño industrial.

Hasta el poli en el umbral, y esos tíos ven de todo, se quedó pasmado cuando abrí la puerta. Desplazó la mirada del peinado de muñeca troll al logo de d EAD b EAT de la camiseta antes de volver a mirarme, haciendo un esfuerzo, a la cara.

Por lo que a mí respecta, al parecer me había dejado todas mis palabras en la juerga de la víspera, y no pude más que apoyarme en la jamba de la puerta. No necesitaba palabras. No necesitaba ropa. Recibía a las visitas en bragas dadas de sí y camiseta medio transparente. Así vivía ahora.

—Buenos días, señora —dijo el poli, «Sargento Barnes», según atiné a ver en su placa, su nombre de pila «Charles» en la identificación—. ¿Le importa si pasamos?