Chapters (29)
Yo tampoco lo sabía. La pata más corta del sillón golpeó el suelo cuando mi anfitrión también se levantó.
Las historias del señor Robinson me acompañaron de regreso en el coche. Volví a tiempo para mi turno, regresé a casa alrededor de medianoche y estuve despierta hasta el amanecer.
Pasó a ser una de esas noches en que la temperatura bajó cinco o seis grados y rehusó seguir descendiendo, tan húmeda que las luces se difuminaban y las sábanas quedaban empapadas. Al rato, quité las mías y puse otras limpias; en cuestión de una hora, las nuevas estaban igual de húmedas que las anteriores. Se estaba formando una tormenta muy a lo lejos —retumbos de truenos, destellos de relámpagos en los márgenes de la visión—, pero no llegó a acercarse.
7
Todas las historias son historias de fantasmas, sobre cosas perdidas, gente, recuerdos, el hogar, la pasión, la juventud, sobre cosas que se empeñan en ser vistas, ser aceptadas, por los vivos.
Una mañana desperté mirando los brotes de bambú desvaídos del papel pintado, fui a la cocina a por café y descubrí que era sheriff suplente.
Para entonces me había mudado a una casita fuera del pueblo. Como la del señor Robinson, tenía potencial. Tres habitaciones del tamaño de remolques, las mosquiteras sustituidas tan a la buena de Dios que los insectos entraban y salían a voluntad, ranuras enormes entre puertas y marcos, armarios de cocina instalados de tal manera que había que tener cuidado al pasar cerca. No tenía tele ni radio, me mantenía alejada de internet y llevaba años sin ver un periódico. De vez en cuando oía por casualidad a gente hablar de temas de actualidad —los malos y los buenos estaban implícitos en lo que decían— y volvía a extrañarme que la gente lograra vivir en mundos tan poco complicados.
El busca sonó cuando estaba poniendo café en la cafetera francesa. KC, que se había graduado hacía poco en el instituto de secundaria local donde era una estrella del fútbol, y que no debería haber estado de turno, contestó cuando llamé.
—¿Sarah? Se trata de Cal.
Podría querer decir muchas cosas, pero mi imaginación llenó el espacio en blanco con lo peor.
—Ceci no conseguía localizarlo por teléfono anoche. Esta mañana ha ido a su casa.
Su hija, una de esas mujeres que parecía una adolescente con treinta y muchos años, edad que tenía, trabajaba tres pueblos más allá en una organización benéfica para niños, troleando a gente acomodada para que hicieran aportaciones. Y eso que lo de «acomodada» es muy relativo por estos pagos.
—Ha desaparecido —dijo KC.