Chapters (29)
El café estaba listo. Lo había preparado en una cafetera de filtro en un hornillo como hacía décadas que no veía a menos que fuera en una tienda de objetos usados. La puerta de la caravana estaba abierta. Todas las ventanas con mosquitera también estaban abiertas, una o dos, por lo visto, permanentemente. Un ventilador de ventana movía el aire con toda la fuerza de un suspiro.
Algo le había estado rondando a Cal por la cabeza los últimos dos meses, aunque no había hablado de ello. Y fue no mucho después cuando Topo empezó a preguntarse qué podía estar pasando en casa de Cal. Le parecía haber visto movimiento por allí, pero al acercarse no atinaba a encontrar nada. Había algunas huellas fuera de lugar, porque no eran de Cal y él no tenía visitas. El ruido de una camioneta o furgoneta una o dos veces. Cosas así.
—Nada desde que Cal se marchó —dijo Topo. Rehusé otra taza de riguroso café de sabor metálico cuando él se la sirvió—. Sigo ojo avizor. Los dos nos conocemos desde hace mucho tiempo.
—¿Del ejército?
—Justo después.
El mapache más grande que había visto en la vida entró por la puerta abierta.
—Un momento —dijo Topo—. Chiquita tiene hambre.
Cogió un plato de un estante junto al fregadero, abrió un recipiente de plástico y sacó un poco de pienso. Dejó el plato junto a la puerta.
—Antes traía a toda la familia por aquí, era digno de ver, pero los pequeños se han ido ya, supongo. Aparece a menudo, en ocasiones dos veces al día.
Resultó que Chiquita era bastante delicada comiendo. Nos quedamos viendo cómo cogía una croquetita del plato, la mordisqueaba y volvía a por otra. Al rato, dije:
—Cal me llamó una vez cuando hacía ya tiempo que se había marchado; solo una vez. Dijo que al volver a casa la había jodido. Hizo cosas que lamentaba.
—Muchos regresamos de allí con una carga, ya sabe lo que es. No hablábamos nunca de ello.
Chiquita se terminó la comida y se fue escaleras abajo, deteniéndose a beber agua de la cacerola galvanizada que había fuera antes de volver a su otra vida, la real.
15
Las brumas matinales aún estaban dispersándose cuando encontré el cadáver.
Los coches estaban en los senderos de acceso y junto a la acera, la caravana casera delante del garaje, tal y como lo describió la señora Danzig. Las cortinas estaban echadas, el buzón colgaba en vertical del único tornillo que quedaba y estaba lleno a rebosar de correo. No hubo respuesta al timbre, que oí sonar en el interior, ni cuando golpeé con fuerza la puerta.