Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Haz lo correcto, diría algún otro idiota intenso. Así de sencillo. Como si uno lo supiera. Como si acertar o equivocarse, o quedarse en algún punto intermedio (esa estrecha franja de tierra en la que vivimos), no fuera a acarrear desastrosas consecuencias.

Y, en las series de polis, ¿todas esas escenas en salas de interrogatorios? ¿Cuando los interrogados dicen que no saben de qué estás hablando? Siempre lo saben.

Incluso de niño me parecía innegable. Sea lo que sea —tierra, camellos, esclavos, oro, incluso conocimiento—, solo lo hay en cierta cantidad. Si A tiene más, B tiene menos no sale en el original. La moneda cambia, pero quien tiene más de lo que sea, tiene más poder. En realidad, es así de sencillo. Lo que no es sencillo es cómo, en la vida diaria, lidia uno con ello.

Muchas de las veintitrés páginas llenas del cuaderno albergaban sentencias así, cada línea escrita sin corrección o enmienda, como elaboradas en el pensamiento mucho antes de llevar el bolígrafo al papel, o en este caso, el lapicero. La mayoría de las demás tenían que ver con el caótico regreso de Cal de la guerra con los sentidos descabalados, incluidos actos que ahora lo horrorizaban.

La última entrada decía:

Esta mañana me he dado cuenta de que ya no parece importante continuar con esto. Lo que creía que lograría con ello, fuera lo que fuese, o bien ha acontecido o bien ha sido un fracaso. Supongo que tardaré un tiempo en saberlo, si es que alguna vez lo sé.

Sentada en la silla de Cal miré la pared de Cal, el póster de Cal, recordando nuestra visita a su casa cuando desapareció, cómo vivía en esa única habitación, lo despojada que estaba la casa entera. Cómo, en una visita posterior, estuve sentada viendo remansarse la luz sobre la cama y el suelo, oyendo el zumbido de las avispas en su nido dos habitaciones más allá. Nunca llegamos a conocer a otra persona, ¿verdad?

Llevo en el puesto quizá cinco meses y Cal y yo vamos en su coche camino de la granja de Beecher en respuesta a la denuncia de la desaparición de un niño. Conduzco yo. Estamos bateando las mismas pelotas por encima de las mismas viejas redes, como se suele decir hablando de las cosas que pasan en el pueblo, la nueva tienda de comestibles que abre, la jubilación del doctor Edgar, cuando la conversación da un giro.

—Lo has estado haciendo bien, Sarah.

—Gracias.

—El caso es que tienes madera para esto.

—Estoy casi segura de que no.