Back Sarah Jane Save as PDF
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Durante mi época universitaria, leí un relato sobre una artista que, tras otra aventura amorosa fallida, se abre las venas con un cúter de precisión y en el más allá se encuentra en una sala comunitaria como las de las cárceles y los hospitales estatales, con miles de almas hundidas en sillones a lo largo de la pared viendo viejos programas en la tele, haciendo crucigramas, rememorando, sesteando, absortos; miles y miles con sus propias brumas, su propia confusión, su propia sensación de que de alguna manera han sido profundamente engañados o traicionados. Cuando se le da a elegir entre seguir allí tal como está o volver a la vida encarnada en insecto, se imagina como una especie de escarabajo, una cucaracha, quizá. Al final del relato, bien en la realidad o bien en su imaginación, está tendida boca arriba, moviendo los pies en el aire buscando un asidero que siempre se le escapa.

20

Se arma mucho revuelo en las novelas, las americanas en particular por lo visto, en torno a la noción de redención. Algo que ha hecho alguien resurge del pasado, o alguien hace algo ante nuestros ojos, y las ciento sesenta u ochocientas páginas siguientes vemos el esfuerzo por recuperar el equilibrio. Eso destacaban una y otra vez mis profesores en la universidad, por lo menos. Quizá fuera una señal de los tiempos, el alma común de la nación mostraba síntomas de culpabilidad que necesitaba identificar y dejar en alguna otra parte, los profesores descubrían la redención en los libros porque era lo que estaban buscando. O quizá le estoy dando más vueltas de las necesarias.

Sea como fuere, a todas luces estaba pensando no solo en lo que había estado leyendo sino en mi propio pasado, tan fragmentario.

Todo ello mientras seguía pistas sobre Daniel Hopf, de catorce años, lo que me producía la sensación de estar viendo doble. Le dije a KC que echaría una mano, a condición de que esa ayuda fuera temporal. Y mientras que me había cansado de que las horas se prolongaran cual llanuras del sudoeste, lisas, peladas, interminables, también tenía reparos en renunciar a mi... ¿mi qué? Libertad desde luego no es la palabra. Puerto seguro, quizá. Refugio.

Daniel parecía ser uno de esos chicos cuyos amigos eran todos circunstanciales. Unos de la iglesia, otros de actividades comunitarias organizadas por la Iglesia Luterana aunque no era la suya, otros más con los que iba a clase o a los que conocía del barrio. Ninguno especialmente íntimo hasta donde alcanzaba a ver, ninguno con el que pasara el rato.