Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Los dos chicos insistían en que no estaban haciendo una carrera. «Le pasó algo al acelerador —dijo Danny—, se atascó, se rompió la transmisión, algo». Había acabado de retocar el carburador de su deportivo la víspera y estaba probándolo allí cuando, al tomar esa curva larga, empezó a acelerar cada vez más. Redujo todo lo posible pero, antes de darse cuenta, se había estampado contra un árbol. Bo nos dijo que había desviado su coche hacia la zanja para apartarse de la trayectoria del de Danny. A juzgar por el escenario, pese a lo raro de sus versiones, decían la verdad.

Llegué a casa cuando ya había anochecido y estaba en la cocina comiéndome una manzana que se había reblandecido con el tiempo y una loncha de queso con un aspecto muy distinto al que tenía cuando lo compré, cuando me llamó la atención la puerta del frigorífico, alicatada como estaba con menús de restaurantes, cupones de ofertas especiales, fotos, una tarjeta postal anónima de Minnesota, una carta o dos que tenía intención de contestar, listas de tareas pendientes olvidadas hacía tiempo e imágenes recortadas de revistas.

Pautas. Todo el conjunto, a primera vista, tenía el mismo aspecto que antes. Pero, al recorrer con la mirada la puerta y sus distintas capas, mi subconsciente reparó en ello, y tras un examen más minucioso resultó evidente que había cosas fuera de lugar: un borde descentrado, espaciamientos alterados, márgenes abarquillados que antes no lo estaban. Un aviso de subida de tarifa de la compañía eléctrica que apenas recordaba había migrado a la parte superior. Alguien había estado aquí. Alguien lo había revisado todo y luego lo había dejado como estaba. Casi como estaba.

¿Quién? ¿Y por qué casi?

16

—Lo que pasa es que te vas acercando al final y esperas que tu vida, aunque no lo veas por mucho que te esfuerces en mirar, esperas que tu vida haya tenido algún tipo de forma. No un sentido ni un propósito, ni esa clase de chorradas. Solo que tuviera una forma, que no fuera un pegote de cualquier cosa estampado contra un plato.

Abel Holland tenía ochenta y dos años. Alegando «problemas cognitivos», múltiples incidentes de comportamiento o lenguaje inapropiados y falta de aptitudes en general para cuidar de sí mismo, dos de sus hijos intentaban que se le declarase incapacitado. El tercero no estaba por la labor y, al intensificarse el desacuerdo, me llamaron.