Chapters (29)
—Es un problema puramente interno —le dije—. No hay amenaza, implícita o de otra índole, hacia la comunidad, terceras personas ni ellos mismos. Además, los alumnos tienen derecho de manifestación.
—No en las instalaciones del centro. Ni en horas lectivas.
—Eso es discutible. Y aunque decirles que se vayan o disciplinarlos entra dentro de sus funciones, usted no lo ha hecho.
—No quería empeorar la situación, darle más importancia de la que tiene.
—¿Y ha pensado que lo lograría llamando a la policía?
Estábamos hablando en el despacho, sus ojos volvían a los míos una y otra vez antes de verse atraídos de nuevo hacia el medio vidrio de la puerta y el pasillo más allá. No pude evitar preguntarme si sería tan medroso en su casa, estuviera donde estuviese, y viviera quien viviese allí.
Hay tres posibles respuestas a una manifestación pacífica, le dije. Hacer caso omiso, llamar a la guardia de palacio o iniciar un diálogo. El director se decidió por lo último, habló con los manifestantes y programó una reunión a finales de semana a la que podrían asistir todos los estudiantes y padres, para abordar y enterrar (fue la palabra que usó) el asunto. El alboroto era por llevar sudaderas con capucha o camisetas con eslóganes, imágenes de grupos, marcas y cosas por el estilo. Por un lado, parecía una tontería: ¿de todo lo que estaba ocurriendo en el mundo, eso precisamente era digno de que se organizara una protesta? Por otro, maduramos cuando hallamos cierto equilibrio entre la identificación de grupo y la individuación, ¿no? Como personas y como sociedad.
11
Pocos días pasan sin que me acuerde de que mi madre desaparecía y volvía con nosotros días o semanas después como si no se hubiera ido, junto con la noción de que en cierto modo salí a ella, salvo en lo de volver a aparecer.
O de cómo papá me escribía cartas aquellos últimos dos años cuando se había mudado a la caravana. No creo que hubiera escrito una carta en su vida antes de eso. Y ahí estaba yo, recibiéndolas cada uno o dos meses. Rara vez dejaba una dirección de contacto, pero de algún modo sus cartas, o por lo menos algunas, se abrían camino hasta mí. Recibí la primera cuando pasé a ver a una antigua casera con la que había trabado amistad. Llevaba guardándola casi tres meses por si volvía por allí.
Bonita:
Tu madre volvió a casa. Parece el principio de un cuento chino o el remate de un chiste cuando lo escribo así, ¿verdad? Dice que esta vez es para siempre. Pero ya sabemos que no.