Chapters (29)
De niña yacía en la cama por la noche, en la oscuridad absoluta a las afueras del pueblo donde vivíamos, al arrullo de un ronroneo sordo de la subestación eléctrica en lo alto de la colina cerca de Crow’s Ridge, e intentaba imaginar que yo no existía, figurarme un mundo sin mí. Avanzaba a tientas con la imaginación, pasito a pasito al principio, luego con más audacia, proyectándome hacia el infinito. Despertaba sin la menor idea de dónde estaba, sin sensación alguna de ser, mi mente flotando en libertad. Y cuando el mundo empezaba a sincronizarse con la realidad, había perdido toda conexión entre la mente y el cuerpo. Mi brazo se negaba a alargarse hacia la oscuridad ante mí. Las piernas no se movían, por mucho que lo intentase. En esa negrura total solo había sonidos: el martilleo de mi corazón, el ronroneo de Crow’s Ridge, el murmullo sin palabras de la radio del cuarto de mi padre. La estática del mundo.
Otro de los trabajos de papá, además de criar pollos, vender tierra y construir barbacoas de obra, era que lo llamaban para solucionar asuntos de vez en cuando.
Como el problema de Jenny Siler con los chicos King. Eran dos bien fuertes, Daniel y Matthew, nombres bíblicos, y su padre desapareció cuando eran niños, estaba enterrado en el pantano por alguna parte, decía todo el mundo, lo que le estaba bien empleado, porque el tío era malo desde la cuna, y la lista de quien había podido darle sepultura allí era larga. Papá era de la opinión de que los chicos llevaban buscando algo, quizá a su viejo sin saberlo, desde entonces. Buscaban sobre todo en propiedades ajenas, en casas ajenas, entre posesiones ajenas.
Primero, empezaron a desaparecer cosillas de casa de la señorita Siler. Pendientes de perla y un broche en forma de insecto con piedras preciosas que daban el pego, la cucharilla de niño de su hermano muerto hacía mucho tiempo, un anillo de compromiso que lució durante seis semanas cuando tenía treinta y cuatro años. El sábado anterior, había salido al porche de atrás y encontrado a su perro Simon en mitad de las escaleras, rígido y frío, con la lengua hinchada asomando de la boca. Envenenado. El viejo Simon había sido atropellado por coches y furgonetas un par de veces, le habían disparado cazadores, había perdido una pata, y sobrevivió a todo. Ahora, fíjate. Cuando la señorita Siler vino con una tarta de manzana horneada en una bandeja que bien podría haber sido una reliquia de la Guerra de Secesión, papá la escuchó, asintió y dijo que él se ocuparía.