Chapters (29)
Buena parte del resto de la mañana la dediqué a peleas, riñas, congojas y otras muchas cosas por el estilo. Estanterías rotas durante una confrontación por el precio de una prenda en Artículos de Confección Meyer; chicos que tendrían que haber estado en clase, retenidos por hacer grafitis; el dueño de un comercio que pedía que detuviéramos a un indigente que deambulaba por el centro, una joven sin identificación que iba de coche en coche intentando abrirlos en el aparcamiento del centro comercial.
Luego, a media tarde, empezó a llover y daba la impresión de que no iba a parar nunca. Las ventanas se convirtieron en ríos. Fuera, los coches avanzaban a veinticinco kilómetros por hora con las ruedas medio sumergidas. La gotera del tejado que habíamos tenido delante de la sala de material desde que estaba yo allí había pasado de gotitas a goterones y luego a un hilillo constante de agua. Empezamos a recibir avisos de carreteras impracticables, vehículos abandonados, padres que buscaban frenéticos a sus hijos, preocupación por parientes entrados en años a los que no conseguían localizar. A las tres y media se abrió la puerta de atrás bajo el chaparrón y Brag, que se había ido a casa después de hacer el turno de noche, entró chorreando. Podríamos haber escurrido suficiente agua de su ropa como para llenar un camión cisterna.
—He pensado que os vendría bien un poco de ayuda.
—Toda la que nos puedan prestar —dijo KC.
Sonaban los teléfonos, uno detrás de otro y al mismo tiempo, también en las salas exteriores. Secretario municipal, sección de tráfico, archivos.
—Siempre esperando que asome el arcoíris, ¿verdad? —comentó KC entre llamadas.
—Igual hay uno ahí fuera, qué sabemos. —Brag se había puesto la muda que tenía en la taquilla. La ropa parecía más seca. Él seguía teniendo aspecto de estar calado hasta los huesos—. Nosotros no lo veríamos.
KC, otra vez al teléfono, asintió.
Los robos en tiendas, los allanamientos, los chavales haciendo pintadas, los hombres sin techo y las mujeres que rebuscaban en coches ya no eran tan urgentes.
La lluvia escampó hacia las siete. Gracias en buena medida al conductor del Garaje Bing’s y a Brag, que dejó los teléfonos para plantar cara al empantanamiento exterior, las calles estaban casi despejadas a las nueve y media. Decidimos que, a menos que surgieran nuevas emergencias, habíamos hecho todo lo posible por esa jornada, cerramos la comisaría y redirigimos las llamadas a mi número y al de KC. Las estrellas empezaron a brillar una tras otra, asomando entre el manto de nubes. Se levantó un viento ligero. Olía a descomposición y nuevos brotes.