Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

No estaba claro qué había detrás de todo ello. Por lo general se trata de dinero o posesiones, a veces no es más que un juego de poder. En este caso no parecía darse nada de eso. Abel tenía pocas posesiones y vivía de la Seguridad Social. No había nada sobre lo que ejercer poder, salvo, claro está, unos sobre otros. Tampoco manifestaban los dos solicitantes demasiada preocupación emocional por su padre. Pocas cosas resultan más desagradables que esa clase de disputas familiares.

Lo que decía Abel tenía todo el sentido del mundo para mí. Pero no así para los dos hijos, empeñados en que se dictara sentencia contra su padre. Ni siquiera se pararon a pensar en lo que decía, simplemente lo tomaron como otra prueba de la inestabilidad de Abel. Lo único que podíamos hacer (como convinimos luego el juez Islip y yo) era aconsejarles sobre las posibles consecuencias que podía tener que se empecinaran en su actitud. Una vez has cortado la comunicación y bloqueado la lógica y el sentido común, no queda otra que mantenerte en tus trece.

En un momento dado, mientras hablábamos Abel y yo, le llamé señor y él se echó a reír. Durante ochenta y dos años me han llamado de todo, dijo, chico, negrata, de color, lo que fuera, pero «señor», es la primera vez. Eche usted un vistazo a su alrededor. Aquí en este juzgado donde se reúne gente de toda clase. Y aquí estamos, una mujer policía y un viejo negro, juntos. Eso sí es una forma, señorita sheriff. Eso, se lo juro por todo lo que he visto en mi vida, eso sí que es una forma, desde luego que sí.

Horas después repetí mi conversación con Abel Holland mientras Sid y yo estábamos sentados en un trozo de acera del pueblo en forma de porción de tarta de la que se había apropiado una cafetería nueva. «No es raro —dijo— que algunas culturas crean que nombrar algo equivale a crearlo, incluso a tener poder sobre ello». Antes, en un comentario de pasada cargado de sentido oculto, él había expresado asombro y alegría por el hecho de que esa noche yo estuviera libre. Los dos habíamos fingido no darnos cuenta.

—Pero ahora mismo —añadió, a la vez que apuraba la taza—, lo que me apetece nombrar es algo de comer.

—Me vendría bien tener poder sobre eso, desde luego.

—Un chino te parece bien.

—Vaya, no escatimas en gastos.

—Te toca invitar a ti.

—Entonces, olvida ese comentario.