Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

—Will, cobro la mitad que un pintor decente. Por ese sueldo me llaman a meter en vereda a los chavales del pueblo, dirimir disputas maritales, supervisar el tráfico, detener a algún que otro ladrón, meterme en peleas de bar, enfrentarme a toda suerte de gente empeñada en causar problemas. No digo que tendría que cobrar más; soy una aficionada, sin duda. Y nadie más del cuerpo tiene la preparación adecuada para lo que se les exige hacer. El pueblo se ha negado sistemáticamente a pagar por eso. Pero mi personal lo hace de todos modos. Ganan justo por debajo del salario mínimo. Sus sueldos pagan el alquiler, compran una o dos bolsas de comestibles, cubren la mayoría de las facturas a no ser que ocurra algo, se les averíe el coche, quizá, o alguien se ponga enfermo.

—No tenemos ese dinero, Sarah. Es así de sencillo.

—Solo si lo miras con sencillez.

—¿Por qué todas las conversaciones contigo se convierten en discusiones?

—El pueblo no es una tienda de muebles, Will. No es solo lo que se recauda y lo que se gasta. Pero mira, tengo una solución para ti.

A esas alturas, Mattie ya nos había servido café a los dos. El alcalde alineó tres sobrecitos de edulcorante, los rasgó a la vez y los echó en la taza.

—¿En lugar de una lección de civismo? —comentó.

—Hay que recortar un miembro del departamento, ¿verdad?

—Eso he dicho.

—Entonces me largo, todos los demás se quedan. Problema resuelto.

—¿Qué, te sacrificas por el equipo? ¿Ahora eres una especie de heroína de medio pelo? —Levantó la vista para saludar con la mano a un anciano (¿cliente del negocio de muebles? ¿peticionario político?) que se acercaba a la mesa—. Dios. Incluso viniendo de ti, esto está fuera de lugar.

Mattie había traído la cuenta con el café. El alcalde la cogió, con gesto un poco más dramático de lo necesario, y se puso en pie.

—La verdad, Sarah, es que eres muy rara. Siempre lo has sido.

Tenía razón, claro.

Hasta el mismo momento en que dije que tenía una solución, no tenía la menor idea de que iba a decir lo de dejar el puesto. Y cuando lo dije, sentí de inmediato cómo se adueñaba de mí la tristeza, una sensación de pérdida. Pero también sentí alivio.

El póster de Cal seguía en la pared, y yo estaba girada en su silla mirándolo.

EN EL RATO QUE HAS ESTADO COTILLEANDO

SOBRE EL ÚLTIMO RETOQUE DE MICHELINES

DE ALGUNA FAMOSILLA

SE HAN SUICIDADO 44 VETERANOS

El póster de Cal, la silla de Cal, el personal de Cal, el trabajo de Cal. Ahora eran míos. Ya lo veríamos.