Chapters (29)
Me apeé del coche, fui hacia los árboles a mi izquierda desplazándome de la manera más silenciosa posible en un largo arco que me permitiera acceder por detrás. Conforme me acercaba, asomó un claro entre los árboles y, justo en el momento en que accedía, apareció un hombre frente a mí. Llevaba una escopeta, con el cañón roto, en el hueco del brazo. La cerró de golpe con un chasquido.
Vestía un par de camisas a cuadros que no combinaban ni de lejos, una de ellas desabrochada, con gruesos pantalones grises de faena. Tenía una buena mata de pelo oscuro que no se correspondía en absoluto con la cara avejentada debajo.
—Sarah Pullman —me presenté—. Sheriff en funciones.
—Ya me parecía a mí —volvió a abrir la escopeta con un clic—. Cal la tenía en mucha estima.
—Igual que yo a él.
—¿A qué ha venido?
—Me paso por aquí de vez en cuando.
—La he visto. —Se echó el arma al hombro—. Cal no volverá al nido.
—¿Está seguro?
—Como el que más.
—Sin embargo, usted está aquí.
—Igual que usted. Preguntándome por qué.
Fuimos entre los árboles, pasamos un prado y atravesamos un estanque poco profundo hasta otro claro a un kilómetro y medio largo de allí, donde tenía una caravana. Había empezado como cabaña de caza cuando esta era una tierra virgen, dijo, antes de que el pueblo se extendiera y la reclamara. Había hecho algunos retoques, había construido un porche con mosquitera tan largo como la misma caravana, y había añadido otro cuarto en la parte de atrás, pintado todo de un marrón liso y mate, pero seguía sin estar conectado a la red. Tenía electricidad gracias a un generador cuando la necesitaba, que no era a menudo, y agua de un pozo. Era imposible saber lo que se habría ido filtrando en la tierra con el paso de los años, fertilizantes y pesticidas y tal, que él se estaba bebiendo. Pero también era imposible saber qué habría vertido allí el pueblo.
Se llamaba Maury, aunque se le conocía como Topo. Me habría ofrecido un trago pero lo que había sido un buen amigo íntimo durante buena parte de su vida se le había vuelto en contra hacía unos veinte años. Podía tomarme un café, si me apetecía.
¿Cal era otro amigo íntimo?
No hubiera sabido decirlo. Los dos tendían a guardar las distancias, pero tenían cosas en común. La edad les había pasado una factura semejante, al envejecer en el campo, lejos de los demás. Lucharon en guerras distintas, pero ¿hasta qué punto lo son, a fin de cuentas? «Por lo que tengo entendido —dijo Topo—, usted ya está al tanto».