Chapters (29)
Volví al coche y cogí la palanca del maletero. La puerta cedió fácilmente, el cerrojo desgajándose de la madera blanda sin apenas hacer ruido. Al entrar, oí música procedente del fondo, música que me dejó de piedra un instante. No era barroca, era suave y con un leve aire de jazz, pero música, el pestillo desgajado del marco: empezaba a tener la misma sensación que el día que entré en casa del señor Patch y lo encontré en la bañera. Muerto, igual que Cindy Brolin.
El señor Patch parecía en paz. La señorita Brolin, no.
Se había ahorcado en el cuarto de baño, de una viga del techo, con un trozo de cuerda de plástico amarillo intenso. Había cumplido su cometido, y con el tiempo se había estirado hasta el punto de que los pies le llegaban al suelo con las rodillas dobladas. Como si estuviera arrodillándose. El taburete que había usado estaba volcado junto a ella. Llevaba ahí arriba, supuse, entre tres y cuatro días, quizá más. No vi ninguna nota. Había un libro de historietas perfectamente alineado sobre la cisterna del retrete. Tenía las uñas de los pies recién pintadas de rojo.
Di parte a comisaría, fui a la puerta de al lado a decirle a la señora Danzig lo que había ocurrido y luego volví a la casa a esperar al forense y al equipo de recogida de cadáveres. Había poco de carácter personal en el ordenador de Cindy Brolin. Emails que parecían sobre todo relacionados con el trabajo; visitas a sitios web comerciales de ropa femenina y joyas de coleccionista hechas a medida; expedientes de casos judiciales, cuyas actualizaciones iban espaciándose y, dos meses atrás, desaparecían casi por completo.
«El silencio irracional del mundo», como dijo una vez el doctor Balducci, a través de Camus.
Imágenes así, la cabeza y la cara de Cindy Brolin, la cuerda amarillo intenso, cómo se había estirado hasta quedar medio arrodillada, se quedan contigo. Empiezas a recordar todas las demás muertes. Piensas en la gata que encontraste en el patio trasero cuando tenías cinco o seis años. El cuerpo y las piernas rígidos, respiraba más rápido de lo que parecía posible, tenía los ojos curiosamente blancos y fijos al frente. Sabía que estabas ahí, eso lo percibías, pero no respondía. ¿Entendía lo que estaba ocurriendo? ¿Luchaba contra la muerte? Arrodillada a su lado y acariciándole el pellejo apelmazado, la llamaste Missy. Le dijiste que no pasaba nada, que podía descansar, que no pasaba nada.