Chapters (29)
Tenía doce años cuando me di cuenta de que el mundo que se me describía era muy distinto del que veía. Y diferente de otro que alcanzaba a imaginar. Parecía que no solo tenía una opción, tenía esas tres opciones.
El deseo del individuo de alcanzar la libertad y la necesidad de la sociedad de ejercer controles están siempre enfrentados. ¿Quién sale vencedor en la lucha? Nadie. Pero la lucha en sí es esencial, tanto para el gobierno como para nuestra manera de vivir la vida.
No digas «no lo haré», di «¿por qué no?».
—Solo esperamos que nos escuchen —dijo la señorita Sonnerson—. Y a tal fin, hablamos sin alzar la voz.
Le di las gracias por atenderme y le dije que siguiera a lo suyo, añadiendo, justo antes de que alejara:
—Entiende que la supremacía masculina forma parte del paquete, ¿verdad? Seguro que sí.
—Claro. Pero los paquetes se pueden enviar a una nueva dirección. Meterlos dentro de paquetes más grandes.
Su grupo pasó la tarde en el pueblo, ganándose poquísimo interés o apoyo, sospecho, pero sin causar ningún problema de verdad, y se fueron cuando llegó la oscuridad. No volví a tener noticia de la señorita Sonnerson hasta años después, cuando se disponía a ocupar un escaño en el senado estatal.
Lo peor del asunto puede aflorar, no en la oscuridad como sería de esperar, sino al rayar el alba, cuando a las cinco o cinco y cuarto te despiertas con el mundo a medio recomponerse en el exterior y pedazos de tu vida resuenan en tu cabeza como dados sueltos en un cubilete.
Al final, no llegué a la cena de anoche. Sid dijo que no había problema, que lo entendía, cuando llamé. Hice la llamada con dos horas de retraso. Una pelea en Maggie’s justo al otro lado de los límites de la ciudad, con un hombre al que nadie conocía que se había empeñado en sacar a bailar a una chica que ya tenía pareja; de algún modo se había convertido en una trifulca generalizada. El hijo de Maggie, Chill, había dado el aviso. Yo seguía en comisaría, así que me acerqué allí y acabé llamando a Brag, que estaba en casa, para que me ayudara a poner paz.
Tomamos declaraciones, le dijimos a Chill cuánto lamentaríamos tener que cerrar el bar si volvía a ocurrir algo así, escuchamos por cortesía sus alegaciones de inocencia y aconsejamos a media docena de clientes que fueran a urgencias a que les echaran un vistazo. A uno, que casi con toda seguridad tenía el brazo roto, Brag lo llevó él mismo al hospital.