Chapters (29)
Estaba echando un vistazo a un informe y a sus documentos adjuntos, pensando el mejor modo de abandonar la silla, largarme de allí y salir a la luz del sol, ilusionada porque había quedado a cenar temprano con Sid, cuando recibimos las primeras llamadas. El informe decía que en teoría debería evaluar a los empleados. Los adjuntos ofrecían sugerencias y pautas de lo más útiles. Ahora mismo me pongo, claro. Mejor aún, evaluemos a los funcionarios del ayuntamiento que se sacaron esta idiotez de la manga.
¿Qué pensé en un primer momento, cuando empezaron las llamadas? Mormones, Adventistas del Séptimo Día, Científicos Cristianos. Proselitistas de una clase u otra. De ocho a diez personas, chicos y chicas, veintitantos, yendo de puerta en puerta por el centro. Todos vestidos con sencillez, pantalón y falda oscuros, camisa blanca o jersey azul claro, ellos con corbata, ellas con accesorios poco llamativos. Pese a que el grupo se mostraba resueltamente amable, se disculpaba por la intrusión, preguntaba si tenían un momento, se retiraban de inmediato cuando se lo pedían, había establecimientos y vecinos a los que les incomodaba.
A la quinta llamada, decidí ir a echar un vistazo.
Una de las mujeres salía de Flores Fox cuando me acerqué para presentarme. Sacó el carné de conducir y el de estudiante y me los tendió mientras hablábamos. Christine Sonnerson, alumna de tercer año en la escuela universitaria de Owen.
—Lo siento, sheriff, ¿hace falta un permiso? Perdone si es así. No lo sabíamos.
Nada de eso, le aseguré, pero como era algo fuera de lo común, había quien se había mostrado preocupado. Le devolví los carnés. ¿Le importaba decirme qué estaban haciendo ella y sus compañeros allí?
Qué va. No estaban buscando clientes, si era ese el problema. Bueno, tal vez sí, en realidad, aunque no vendían nada.
¿Vender? Quizá no, pero desde luego difundían algo, y lo que estos jóvenes llevaban en el carro era conservadurismo a la vieja usanza ataviado con ropa guay y aderezado con cortesía y gramática correcta.
—Tengo información —me dijo la señorita Sonnerson—. Nuestro monitor nos dijo que la demos solo cuando tengamos la impresión de que alguien la quiere.
Hojeé el folleto que me dio. Seis páginas, diseñado con buen gusto, de producción experta. Es asombroso lo que hace posible la tecnología en la actualidad. Todo un paso adelante respecto de las fotocopias y las impresoras cutres de mi juventud, y no solo en cuanto a la producción. El texto también era sólido, apuntalado de principio a fin por comentarios al margen de participantes en el movimiento.