Chapters (29)
Shawna llevaba mucho tiempo en el Granero. El año anterior, Gregory le compró una tarta al cumplir veintiún años y celebraron una fiesta. Me enteré cuando le pregunté si no había alguien buscándola y me dijo que a esas alturas ya se habrían dado por vencidos. Tenía mi edad, diecisiete, cuando se fue. Me contó cómo había estado en una estación de autobuses en la calle Dieciséis en Phoenix mirando los destinos pintados en una pared lateral, Albuquerque mal escrito, borrado para repintarlo o casi, luego mal escrito de nuevo.
Fue en el Granero donde tuve por primera vez la sensación de que la vida tomaba forma a mi alrededor. Aprendí a cocinar allí, más que nada en defensa propia, porque no había nadie más dispuesto a hacerlo y lo que llegaba a la mesa era a menudo irreconocible y siempre horrendo. Me costó cogerle el tranquillo, pero tenía un surtido permanente de sujetos experimentales. Cocinar resultó ser una aptitud que me sería de gran utilidad, como dicen los libros, andado el tiempo. También empecé a aprender a interpretar el lenguaje corporal allí, desentrañando cómo ver más allá de lo que otros decían y de lo que creían que estaban diciendo, todo lo turbio que se intuía bajo la superficie.
A veces, sobre todo a las tantas de la noche, las historias de Gregory se despeñaban por un acantilado y caían en la extravagancia, como cuando se puso a decir que había inventado la ropa interior.
«Estábamos pasando el rato un día, mi amigo Hogg y yo, en la cocina como siempre con una botella de algo, pimplándonos el corazón de una estupenda tarde de verano, y entonces se me ocurrió. Bosquejé las prendas en la mesa con un lápiz plano de carpintero. Fue hace mucho tiempo, unas semanas después de que encontráramos los hongos, las tubas y las avispas, o quizá justo antes. En ningún momento se me pasó por la cabeza que fueran a hacerse populares. Nunca pensé que se pudiera ganar dinero con ello».
Nunca se sabe cómo ven el mundo los demás, no se sabe qué puede estar rondándoles por la cabeza: calderilla, ideas grandiosas, resentimientos, monedas de la fuente, recuerdos embellecidos, códigos y cifras.
Ese conocimiento fue lo más importante que me llevé del Granero de los Paletos.
—¿Era usted consciente de la intención de sus compañeros, señorita Pullman?