Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

«Había unos tipos que tocaban en el edificio de al lado. Hace años, cuando era algo mayor que tú, pero no mucho. Y yo iba a oírlos. El batería tocaba tres compases, se descolgaba durante igual seis, volvía durante uno; el bajista aporreaba el instrumento sin tener en cuenta el centro tonal ni la cadencia, ni la menor necesidad de llevar el ritmo; el guitarra no apartaba la mano de la palanca de trémolo, como si la ordeñara, alargando una sola nota como una goma elástica estirada nueve, casi diez veces su longitud. ¿De qué coño iba eso? Así que seguí escuchando. Y con el tiempo encontré la manera de entrar. Era una música de puro potencial, música que nunca acababa de cobrar forma, que se negaba a someterse a una única posibilidad».

Qué profundo.

Aunque algo había captado, eso sí.

Gregory captaba un montón de cosas. Algunas reales, la mayoría no. Echaba anzuelos como si pescara cerca de la orilla desde una barca. Entre tanto, se contraponían toda suerte de historias sobre él. Había matado a una mujer en Canadá, o casi, o ella había intentado matarlo. Había sido profesor en Antioch y un día lo dejó sin más. Era fugitivo de agentes del gobierno. Había vivido en una comuna cerca de Portland que abandonó semanas antes de una redada del FBI. Lo que tenían en común las historias es que en todas huía.

Todo el mundo llamaba a ese lugar el Granero de los Paletos, y no tardé mucho tiempo en tener mi mejor amiga del Granero de los Paletos. Había ido a sobar un poco, solo para encontrarme todos los colchones ocupados. En uno cerca de la puerta una chica delgaducha levantó la cabeza igual que una tortuga, sin mover el cuerpo en absoluto, solo la cabeza asomando, se apartó un poco y dio unas palmadas sobre el colchón que tenía al lado. Qué demonios, por qué no. Probablemente no estaba ya hablando cuando desperté horas después, pero así me lo pareció. Era de Scottsdale, Arizona, «donde la gente vive como es debido. Pero yo no conseguía encontrarle sentido al reglamento. Joder, ni siquiera me dieron un ejemplar del puto reglamento. Como si tuviera que sabérmelo ya».

Lo que sabía yo de Arizona se reducía a cactus, vaqueros y calor, lo que años después resultó ser prácticamente todo lo que había.