Chapters (29)
Tendió la mano. El firme apretón. En algún punto no hacía mucho, y durante un tiempo nada desdeñable, esas manos habían conocido el trabajo duro.
Volvimos al pueblo; regresamos de la pradera, dijo mi pasajero. En el taller de Sonny volvió a darme las gracias y añadió:
—C. D. McLendon. Como sabe por mi carné.
—Bueno, me lo ha dado como si quisiera deshacerse de él.
—Me llaman Sid, más que nada.
—El coche tiene apodo, ¿usted también?
—Hay cosas de nuestra infancia que nunca desaparecen. Logré pasar de Seedy[1] a Sid.
—Suena mejor, desde luego.
—Ya solo eso me llevó años.
Delante del salón expositor de Chevy justo al lado, con su extensión de baldosas, ventanales impolutos y modelos relucientes en exposición, un hombre se había detenido un momento antes de entrar, con una mujer y una preadolescente cuatro o cinco pasos por detrás de él. Las mujeres tuvieron que abrir la puerta ellas mismas. Todos vestían ropa recia, usada y bien cuidada. Ahora, mientras el hombre y la mujer estaban sentados hablando con un vendedor, la chica estaba junto al ventanal y, dándose la vuelta para comprobar que nadie la miraba, se inclinó para restregar la nariz contra el cristal, tan limpio que chispeaba. Dejando su marca.
Dos días después, estoy en la mesa con la cabeza gacha escudriñando columnas presupuestarias y garabatos que bien podrían ser cuneiformes. En momentos así, me planteo seriamente apagar la luz, montarme en el coche y ver cómo funciona el espejo retrovisor dos o tres estados más allá. El coche no es mío, no obstante, y tarde o temprano tendría que traerlo de vuelta.
—¿Sheriff?
Una voz del ancho mundo.
Un enviado llegado de muy lejos.
Un turista perdido.
Sid McLendon.
—¿Ha vuelto a averiarse Mercy?
—Todavía no. —Entró en mi despacho. Pantalón gris oscuro, americana de sport mil rayas como no veía desde Nueva Orleans, con las solapas metidas en los bolsillos laterales—. Lo de Dios aún no está claro, pero de momento la ayuda va funcionando, gracias al buen hacer de Sonny. Aun así, sigo sin entender cómo es que le llevó nada menos que cuatro minutos hacerlo, fuera lo que fuese.
—Allí de donde vengo, lo llamarían imposición de manos mecánica. Pero ya sean coches o personas, hay quien se resiste.
—Es verdad —había estado paseando la mirada por el despacho mientras hablábamos. Los estantes en orden, un archivador con décadas de antigüedad y los cajones más que descolocados, la mesa de madera sin más, dos sillas rectas junto a la ventana—. Inclinaciones minimalistas, ya veo.
—Necesitamos algo así como una décima parte de lo que creemos.