Back Sarah Jane Save as PDF
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

—O menos. ¿Necesita almorzar? Venía por un asunto de trabajo y he pensado que invitarla a almorzar sería una buena manera de darle las gracias.

—¿Y a qué se dedica?

—La verdad es que no acostumbro a confesarlo, y me hago pasar por vendedor, contable. Ahorra un montón de conversación inútil.

Señaló una de las sillas para pedir permiso y, cuando asentí, la levantó sin hacer ningún ruido, la dejó delante de la mesa y se sentó.

—Soy abogado. De oficio, organizaciones de asistencia social, oenegés.

—Entonces, está en ello para forrarse.

—Bueno, conduzco un Mercedes, ¿no?

Mientras comíamos, como guarnición de mi sándwich vegetal con pollo y el suyo de queso a la parrilla, tomamos unas buenas porciones de «aquí estoy yo» por parte de Sid y de mí misma. De dónde procedíamos. Cómo llegamos aquí. Qué hicimos entre lo uno y lo otro.

Habíamos pasado al café cuando dijo:

—Igual te has dejado algo, ¿no?

—¿Tendría que haber hablado más deprisa? ¿Haber comido más despacio?

—El otro día, cuando te detuviste. Te acercaste con el sol a tu espalda.

—Estabas mirando hacia el oeste.

—Y tú giraste en redondo para aproximarte como lo hiciste.

—Vale.

—Eso, y el modo en que te acercaste, parecía indicar preparación militar.

Así pues, se lo conté. No lo más crudo, eso vendría después, sino el aspecto cotidiano, cómo era en líneas generales. El desierto, el calor, los olores, recibir el impacto de un lanzagranadas. No lo de Oscar. Eso ocurriría meses después, en mitad de una noche, con neumáticos rasgando el agua en las calles inundadas de lluvia y la luz difusa de una lámpara de noche en la habitación de al lado, Sid sentado sin moverse, con su mano en la mía.

Por lo que a Sid respecta, tuvo (dijo) una de esas infancias de libro de aventuras que costaba creer que existiera: deambulaba a placer por el barrio, con las puertas de la casa sin cerrar con llave, ajeno a cualquier preocupación mientras su hermana, sus amigos y él iban en bici al parque de recreo o a la biblioteca; pasaban tardes de verano sin supervisión adulta en la piscina; tomaban Pepsi y Dr Pepper de la nevera en la estación de servicio calle arriba; curioseaban artículos en la tienda de excedentes militares; paseaban por la chatarrería de las afueras, y compraban cómics en la Farmacia Riley’s que todavía tenía el café-bar original de la década de los cuarenta. Su mundo, reconocía, había sido una burbuja en el tiempo, o más exactamente, al margen del tiempo. Un mundo perdido.