Chapters (29)
Te hace pensar en amigos imaginarios, tipos que llevan gorritos de papel de plata, películas de terror difuminadas, ese tipo de cosas, ¿verdad?
Pero no era nada de eso.
Las oía con claridad, como si quien hablaba estuviera a mi lado. Parte de lo que decían no tenía ningún sentido al principio. Algunas cosas fueron aclarándose a medida que iban ocurriendo sucesos en mi vida; otras, nunca. Ahora estoy casi segura de que era mi subconsciente enviándome señales antes de establecer canales más tradicionales, rutas comerciales regulares, por así decirlo, pero por entonces lo que oía era tan real como la tierra bajo mis pies.
Y esa, la noche después del festival callejero, fue la noche en la que pensé que las voces habían regresado. Desperté —eran las 2.46 cuando miré— con ellas revoloteando en mi cabeza, la funda de la almohada empapada de sudor.
Imágenes y palabras estaban evaporándose cuando desperté, habían desaparecido para cuando intenté alcanzarlas. El vacío que dejaron a su paso era como una fuerza que tirase de mi respiración y del latir de mi corazón. Algo relacionado con pollos, una bebé recién nacida que no conseguía llorar, gente que vivía, una generación tras otra, en coches abandonados.
Nada más que un sueño.
Me levanté y me acerqué a la ventana. El roble sureño ahí delante era el árbol más asimétrico y deforme que había visto en la vida. Seguía perdiendo ramas, extremidades y pedazos de tronco por culpa de los insectos, el moho y los hongos; al menos un coche que había chocado con él y la mala alimentación, la afición al juego y los pecados de sus antecesores, qué sabía yo, pero se negaba a darse por vencido. Había quien aseguraba que hacía muchísimo un jardinero la mar de famoso vino de visita y dijo que el árbol debía tener por lo menos cinco siglos de antigüedad, dijo que podían alcanzar los diez.
Esa tarde, más temprano, habíamos recibido un aviso para que fuéramos a casa de Paul Manning. Su vecina había salido a dar de comer a su manada nocturna de gatos callejeros y oyó ruidos, voces alzadas, procedentes de la vivienda de Manning. Al volver la vista por encima de lo que quedaba de la valla común de madera, vio a dos hombres gritándole a Paul, que estaba en el porche de atrás con la cabeza gacha. Se habían ido cuando llegué, pero Paul seguía en el porche, como si esperara su regreso en cualquier momento.
—El pobre se merece compasión —dijo Mabel Price cuando fui a darle las gracias por llamar y a decirle que ya había dejado a Paul en su casa—. Nadie tendría que verse obligado a...