Chapters (29)
Laura Chen me indicó por señas que me acercara a su puesto para enseñarme lo último, una amplísima selección de pendientes, pulseras y collares hechos con antiguos cubiertos de plata.
—Ya sé que no llevas joyas, Sarah, pero ¿a qué son preciosos?
Tuve que reconocer que lo eran. Muchas piezas eran de plata, con un lustre oscuro que ya no se iba a fuerza de frotar, los bordes de algunas cucharas tan finos que parecían papel.
—Por cierto, ¿te localizó tu viejo amigo?
—¿Cómo dices?
—Ayer o anteayer. ¿Un tipo guapo? Dijo que pasaba por el pueblo y se le había ocurrido buscarte.
Todavía no, le dije, y le pedí su descripción antes de irme. Lo que me facilitó no era gran cosa, pero ya tenía mis sospechas. Esbocé una sonrisa a juego con las que me rodeaban y me puse a pasear tranquilamente mientras me tomaba el café.
Bien. O sea que ahora había un tipo curioseando por mi casa, un supuesto viejo amigo que preguntaba por mí, llamadas de teléfono que para el caso podría haberlas hecho un fantasma. ¿Qué sentido tenía nada de ello?
Regresé a la oficina, me senté en la silla giratoria de madera de Cal que tenía cortes y rasguños por todas partes, le faltaba casi todo un apoyabrazos y crujía cada vez que desplazaba el peso. Por la ventana, el festival continuaba en silencio. Sonaron teléfonos en la sala general y oí a Andrea hablar, pero no entendí nada y nadie me transfirió una llamada o vino en mi busca.
Ese mismo día, en lo que se considera la hora punta en Farr, tuvimos un serio accidente en cadena en Cedar Wash Road, dos coches y una camioneta, con las típicas declaraciones de «Ha salido de la nada» y «No he podido frenar a tiempo» y demás. No resultó nadie herido y ninguno de los vehículos sufrió daños graves, aunque la grúa tuvo que llevarse un coche y las aseguradoras estarían ocupadas jugando a perseguirse una temporada.
La tarde trajo consigo una visita de la señora Danzig, pasajera frecuente, de unos cincuenta y seis años a punto de cumplir ochenta. Convencida de que eran recuerdos suyos, la señora Danzig iba por ahí con una plantilla de tal y como debería ser todo, y pasaba el rato intentando adaptar el mundo que veía en torno a esa imagen. Cuando necesitaba desahogo, venía a verme. Ella hablaba. Yo escuchaba. En pueblos como Farr, los agentes de la ley hacen las veces de confesores en la misma medida que los sacerdotes y los pastores.