Chapters (29)
Me apeé en alguna parte más allá de Saint Louis, en una ciudad universitaria que se quedaba en la mitad de población cuando se acababa el curso, llanuras que se extendían en todas direcciones, tan ambigua geográficamente que no se sabía si seguías en el sur o habías ido a caer de culo en algún sitio que no era Kansas. El lugar había sido antaño una granja, hacía mucho tiempo se había dividido en espacios de alquiler para estudiantes, y luego en su lento y claro declive aguantó con las paredes medio derruidas hasta que no quedaron más que dos dependencias, una para los que se habían acostado o dormían, otra para los que no. En torno a un núcleo de inquilinos habituales iba y venía toda una procesión de gente que solo estaba de paso. Gregory llamaba a los eventuales «efímeras», como los bichos esos. Algunos días él también era un moscardón, por eso de que no dejaba de dar la vara; otros, era nuestro mentor, cabecilla, adivino, chamán. Sabía la hostia de cosas, ¿verdad? Desde luego que sí.
Nos conocimos en el centro estudiantil donde yo pasaba el rato esperando lo que fuera, grande o pequeño. Supuse que, con tantos jóvenes, tantos cientos de vidas a medio camino, tenían que estar pasando cosas. Crepitarían instantes, brincarían sombras cual grillos. Gregory me encontró en la cafetería, al acecho de la segunda taza de café para una hora entera, la tarde silenciosa y pálida de mi cuarto día. Me llevó a casa, me dio un sándwich de salchichón y se acostó conmigo; me volvió a lanzar al agua.
Nadé.
«El asunto se reduce a esto —decía Gregory—, vagar para orientarse. Todo ello. Cuanto más vagas, mejor te orientas». La lluvia caía como a perdigonadas sobre el tejado, resbalaba con suerte hasta los desagües embozados de detritos acumulados con el paso de los años, se daba por vencida y se desbordaba. Alrededor oíamos respiraciones, gemidos y pedos, susurros de conversaciones entre sueños.