Chapters (29)
Estaba recordando aquel accidente mientras me ocupaba de una colisión donde la autopista. Una furgoneta más que baqueteada con tres obreros en la cabina camino de un solar en construcción y un monovolumen conducido por una trabajadora de turno de noche que volvía a casa habían ido buscando el mismo espacio en el carril izquierdo, poco después de las siete de la mañana. Nadie resultó herido, solo se llevaron un buen susto, pero el coche había sufrido desperfectos considerables, y ahora la furgoneta tenía nuevas heridas de guerra.
Hice un diagrama de la colisión, esperé a que la grúa del desguace viniera a por el coche, dejé a la conductora en su casa y regresé a comisaría para acabar el papeleo y transcribir todo lo que habían dicho los presentes en el escenario mientras lo tuviera reciente. No era un requisito ni una práctica habitual, pero había tomado esa costumbre, más por mi propia tranquilidad que por ninguna otra razón, para que me resultara más fácil recordar algo en caso necesario.
Yo volvía de comer. Estaba sentado en un banco delante del Ayuntamiento, recuperado de una iglesia comunitaria construida más o menos al mismo tiempo que el pueblo, que se había derrumbado casi del todo por voluntad propia antes de que la derruyeran. Tenía aspecto de que no le preocupaba nada en el mundo y apenas era capaz de imaginar que a otros pudiera preocuparles. Traje azul oscuro de tela liviana de esos que no se arrugan mucho, camisa blanca, corbata de tono gris intermedio. Buenos zapatos. Un negro de piel clara con los pómulos marcados, pelo liso de color negro azabache. Pasajero frecuente en su peluquería.
—Es la sheriff Pullman.
—¿Y usted es otro de los muchísimos turistas que vienen a deleitarse con los encantos de nuestro pueblo?
—Bueno, este banco está muy bien. Aunque echo en falta el abanico de cartón con versículos de la Biblia olvidado en el banco de delante.
Eso probablemente situaba su edad al norte de los cincuenta y, pese a la ausencia de acento, sugería una educación rural.
—Me temo que la misa se ha acabado.
—En el país entero, parece ser —se levantó y me tendió la mano—: Tyrell Martin.
—¿Le apetece un café?
—Siempre. De eso sí que sigue habiendo en abundancia, por suerte.
Entramos y, como sospechaba, Brag, al tanto de mis costumbres, había preparado una cafetera en mi ausencia. El visitante dijo solo cuando levanté la taza para preguntarle. Nos sentamos en sillas almohadilladas junto a la ventana. Nunca me había gustado mucho sentarme a la mesa. Seguía considerándola de Cal, en cierto modo.
—¿Del gobierno? —indagué.
—Agente especial, FBI. —Cruzó las piernas y se retrepó en la silla.
—El FBI viene a Farr.
—Tigres y leones, vaya espectáculo.