Chapters (29)
Los echamos de allí y regresamos a comisaría, Davey para anotar nuestra visita y cumplimentar el informe del turno, yo para revisar una vez más mis notas sobre Cal. No hubo ninguna súbita revelación. Mi inversión en llamadas por la mañana no había dado réditos.
Había oscurecido cuando llegué a casa, las nubes se aferraban al borde de una luna de color blanco hueso; llamaron a la puerta.
Tan a las afueras, no había muchos vecinos. Clara Holden era uno de los cuatro, una mujer que respetaba la intimidad tanto como yo, y la primera persona que conocía capaz de ganarse la vida vendiendo en internet. Llevaba lo que en su caso era su ropa de ejecutiva informal. Vaqueros de talla muy grande con los dobladillos subidos, deportivas sin calcetines, sudadera.
—Perdona que te moleste, Sarah. ¿Estás reformando la casa, por casualidad?
Le dije que no, que la siguiente vez que viniera estaría igual. O peor.
—Cosa que ocurrirá dentro de un año o así, ya lo sé. No es eso...
—Lo entiendo, Clara.
—Desde luego que sí.
—¿Quieres pasar?
—Tengo que volver. Pero... —hizo un gesto hacia atrás, por donde había venido—. Hacia las dos de esta tarde he levantado la mirada cuando fregaba los platos y he visto a un hombre que salía por detrás de tu casa. No lo había visto nunca, ni esperaba verlo.
—¿Te has fijado en qué estaba haciendo?
—Miraba por las ventanas, echaba un vistazo a la casa. Por eso he pensado que igual...
Negué con la cabeza.
—No tenía ningún motivo para estar ahí, entonces.
—Ninguno.
—Vale. Pues he cogido el móvil y le he hecho una foto.
No había mucho que ver cuando me la enseñó. Hombre, uno ochenta a juzgar por la comparación a escala con la casa, un par de centímetros arriba o abajo. Constitución media. Pantalones marrones o lo que antes llamábamos chinos, camisa oscura, cazadora gris, gorra de béisbol.
Le devolví el teléfono.
—¿No había ningún vehículo?
—No, que yo viera. Dame tu correo, te puedo enviar la foto.
—Tendrás que enviarla a comisaría.
—Eso haré.
—Gracias, Clara.
—Y tendré los ojos bien abiertos.
Cogí una linterna y salí a echar un vistazo mientras ella regresaba a su casa. Quién iba a decirlo, no había ceniza de tabaco fuera de lo común, ni huellas del 48 con un dibujo muy poco corriente. Me abrí paso por entre árboles y arbustos hasta la antigua carretera rural. Había estado allí aparcado recientemente un vehículo con neumáticos anchos y una ligera pérdida de aceite, pero eso podía ser cualquier cosa. Cualquiera.